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viernes, 2 de mayo de 2014

Según los arqueólogos Roma es 200 años más antigua de lo que se creía.

Según los arqueólogos, la ciudad de Roma es dos siglos más antigua de lo que se ha venido pensando hasta ahora. Nuevos restos hallados durante una excavación en el Foro así lo atestiguarían.
Ya sabíamos que es una de las ciudades más antiguas del mundo, pero la antigua Roma es desde ahora un poco más vieja.
Fuente: La túnica de Neso, 14 de abril de 2014
En unas excavaciones realizadas en el interior del Foro Romano se han hallado restos de un muro que data del año 900 a.C. – lo que sugiere que la Ciudad Eterna fue fundada dos siglos antes de lo que se creía anteriormente.
Utilizando las más novedosas tecnologías, arqueólogos italianos han hallado restos de un muro hecho de toba – un tipo de piedra caliza – junto con fragmentos de cerámica y granos, durante una excavación en el Lapis Niger, un altar de piedra negra varios siglos anterior al Imperio Romano.
Según la leyenda local, Roma fue fundada por los hermanos gemelos Rómulo y Remo en el año 753 a.C. Pero este descubrimiento ha convencido a algunos destacados arqueólogos italianos de que la ciudad pudo haber sido fundada dos siglos antes de eso.
“El examen del material cerámico recuperado nos ha permitido fechar cronológicamente la estructura del muro entre el siglo IX a.C y principios del siglo VIII a.C.”, señala la Dra. Patrizia Fortuni, arqueóloga de la Superintendencia cultural de Roma que dirige el equipo de investigación.
“Por lo tanto es anterior a la que tradicionalmente se considera la fecha de la fundación de Roma.”
El Lapis Niger se encuentra junto al Arco de Septimio Severo, un monumento de mármol construido en el corazón del Foro en el año 203 d.C.
Los expertos han estado trabajando en la excavación desde 2009, usando fotos históricas, imágenes y otras investigaciones dejadas por arqueólogos como Giacomo Boni, que dirigió la excavación del Foro Romano desde 1899 hasta su muerte en 1925.
A partir de imágenes de Boni, la Dra. Fortuni y su equipo han creado imágenes en 3D de la localización, y mediante el uso de escáneres láser y fotografías de alta definición han sido capaces de determinar la ubicación exacta del muro enterrado, que han descrito como la “primera estructura” en el sitio sagrado.
Una excavación anterior en el lugar descubrió un bloque de piedra conocida como la “lex sacra”, que contiene la inscripción en latín más antigua conocida de Roma, que data del año 565 a.C.
Fuente: Josephine McKenna | The Telegraph  Rome ‘ages’ 200 years as archaeologists discover new remains

jueves, 1 de agosto de 2013

Un estudio descarta la desaparición de Tartessos por un tsunami


Foto: Recreación de la mítica Atlántida mostrada en el documental 'Finding Atlantis' / National Geographic Channel
Investigadores españoles descartan que el enigmático pueblo de Tartessos, desaparecido de manera abrupta hace 2.500 años, fuera barrido por una ola gigante.
Fuente: Manuel Ansede | Materia.com, 13 de julio de 2013
Artículo de referencia: "Modeling tides and tsunami propagation in the former Gulf of Tartessos, as a tool for Archaeological Science". Por José-María Abrila, Raúl Periáñeza (Departamento de Física Aplicada I, ETSIA, Universidad de Sevilla) y José-Luis Escacena (Departamento de Prehistoria y Arqueología, Facultad de Geografía e Historia, Universidad de Sevilla) Aquí.
Foto: Escultura de hace 2.600 años representando posiblemente a un rey tartesio / Manuel Camacho
Si hay que tomarse la Biblia como un libro de historia creíble en algunos pasajes, hace unos tres milenios la flota del rey Salomón llegaba cada tres años a Israel cargada de oro procedente de la recóndita Tarsis. “Porque el rey tenía en el mar las naves de Tarsis junto con las naves de Hiram [rey de la ciudad fenicia de Tiro], y cada tres años las naves de Tarsis le traían oro, plata, marfil, monos y pavos reales”, asegura el Antiguo Testamento.
Durante siglos, aquella Tarsis preñada de oro, identificada con la Tartessos mencionada en los textos clásicos griegos, parecía una leyenda. Algunos incluso han visto en ella la mítica Atlántida, una rica civilización que aparentemente sólo existió en la cabeza del filósofo griego Platón. “Había una isla delante de la desembocadura que vosotros, así decís, llamáis columnas de Heracles”, dejó escrito el maestro de Aristóteles.
A partir de las indicaciones geográficas de Platón, en el último siglo muchos investigadores han buscado la supuesta Atlántida en el suroeste de España, más allá de las columnas de Heracles, como se llamaba al estrecho de Gibraltar. Pero ninguno la ha encontrado.
Sin embargo, en 2009, una polémica expedición dirigida por el arqueólogo estadounidense Richard Freund, apadrinado por la National Geographic Society, peinó las marismas del río Guadalquivir en busca de la supuesta Atlántida-Tartessos. El documental resultante, Finding Atlantis (Encontrando la Atlántida, 2011), acabó de fijar en la cultura popular que la Atlántida y Tartessos fueron la misma civilización, que habría acabado sus días barrida por un tsunami hace unos 2.500 años.
Tiro al pichón
Pero “esa hipótesis no es realista”, según advierte el físico José María Abril. Este catedrático de la Universidad de Sevilla acaba de reproducir con un programa informático cómo eran las marismas del Guadalquivir hace 2.500 años y cuáles habrían sido los efectos sobre la costa de un tsunami tan catastrófico como el que arrasó Lisboa en 1755. Aquel seísmo liberó una energía de 835 kilotones, unas 50 veces superior a la energía liberada por la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima.
“El golfo de Tartessos, hoy las marismas del Guadalquivir, tenía aguas poco profundas y su entrada estaba parcialmente cerrada por una barrera litoral. Nuestra simulación muestra que el tsunami rompería en la entrada del golfo, no llegaría a penetrar en la costa”, explica Abril.
Foto: El 'Bronce Carriazo', una de las piezas tartesias más conocidas / José Luiz Bernardes Ribeiro
Tartessos fue un pueblo que supuestamente dominó, hace entre 3.000 y 2.500 años, el suroeste de la península Ibérica, hoy ocupado por las provincias de Cádiz, Sevilla y Huelva. Su mayor fuente de riqueza habría sido el comercio del oro y la plata de sus minas. Durante siglos, fue una civilización de la que sólo existían referencias literarias. Hasta 1958, cuando unos obreros que estaban ampliando las instalaciones de la Real Sociedad de Tiro al Pichón de Sevilla se toparon bajo la tierra con brazaletes, un collar y otras piezas de oro macizo.
En busca de la capital
Aquellas joyas, conocidas como el Tesoro del Carambolo, hoy son atribuidas a los fenicios, pero en su momento resucitaron la búsqueda de la desaparecida capital de Tartessos, una civilización que se esfumó hace unos 2.500 años, coincidiendo con el comienzo de la supremacía de Cartago en el Mediterráneo occidental y con la pérdida de uno de sus principales mercados, la metrópoli fenicia de Tiro, sometida por los babilonios.
El estudio de Abril ha revisado los efectos de un hipotético tsunami en ocho de las localizaciones propuestas por los historiadores como posible sede de la capital perdida de Tartessos. Sólo dos de ellas, el Cerro del Trigo, un lugar propuesto en 1924 dentro del Parque Nacional de Doñana, y La Algaida, cerca de San Lúcar de Barrameda (Cádiz), “podrían haber sufrido un daño entre moderado y grave, pero difícilmente habría sido suficiente como para justificar el colapso de los Tartessos”, afirma el estudio.
El modelo informático, validado con otros tsunamis históricos y bien documentados, sí que dibuja daños potencialmente catastróficos en otras costas alejadas del golfo de Tartessos. “Una ola de 9,3 metros alcanzaría Cádiz 70 minutos después del terremoto que originaría el tsunami”, advierte el estudio. “En Huelva, una primera ola de cuatro metros llegaría dos minutos después que en Cádiz, pero sus réplicas serían más potentes, con una tercera ola de unos tres metros llegando 80 minutos después”, alertan los autores.
Mentiras
El trabajo, publicado en el Journal of Archaeological Science, cuenta también con la firma del prehistoriador José Luis Escacena, experto en el mundo de los tartesios.
En cuanto a la Atlántida que el documental de National Geographic sugería haber encontrado bajo las marismas del Guadalquivir, era todo mentira, según explicó en su momento el investigadorSebastián Celestino, del Instituto de Arqueología de Mérida (CSIC). Celestino buscó en 2009 restos arqueológicos en el subsuelo de la marisma de Hinojos, el punto del Parque Nacional de Doñana en el que el arqueólogo estadounidense Richard Freund rastreó la Atlántida tras detectar supuestos restos de templos mediante fotos de satélite.
A juicio de Celestino, según denunció en una entrevista en Esradio, los autores del documental de National Geographic tenían “una intención fundamentalmente económica”, porque “debajo de las marismas, a 12 metros de profundidad, no hay absolutamente nada”.

martes, 11 de junio de 2013

La química del fuego griego, el secreto militar mejor guardado de la historia

El mortífero fuego valyrio de la serie Juego de Tronos está inspirado en un arma incendiaria real que salvó Constantinopla de la expansión islámica. La lista de ingredientes de este invento bizantino, cuyas llamas devoraban las flotas enemigas con rapidez, no ha llegado hasta nuestros días, pero se sabe que apagarlo era toda una hazaña porque ardía en contacto con el agua. Químicos e historiadores tratan de reescribir su fórmula perdida.
Fuente: Sergio Ferrer | SINC, 7 de junio de 2013
Imagine que es usted un invasor árabe que se dirige a conquistar Constantinopla con nada menos que 1.200 barcos. La victoria es segura pero, de repente, la flota empieza a arder, y los intentos de apagar los barcos con agua no solo no sirven de nada, sino que avivan el fuego. Imagine la cara que pondría. Es la misma que debieron poner los árabes al enfrentarse al fuego griego por primera vez.
El fuego marino, fuego romano –como lo llamaron los árabes– o fuego griego –como lo bautizaron los cruzados– fue un arma incendiaria utilizada por el Imperio bizantino en numerosas batallas navales entre los siglos VII y XIII, capaz de arder sobre el agua o incluso en contacto con ella, y extremadamente difícil de apagar.
“El fuego griego fue una sorpresa táctica decisiva en los dos grandes asedios árabes de Constantinopla de 674-678 y 717-718”, explica a SINC José Soto, experto en historia medieval e investigador del Centro de Estudios Bizantinos, Neogriegos y Chipriotas de Granada.
“Estos dos asedios, donde el fuego griego fue esencial, determinaron la historia universal. De haber triunfado los árabes, la Europa tribal del siglo VII no habría podido resistir y sería el Islam la civilización hegemónica en nuestros días”, añade Soto.
Los bizantinos guardaron celosamente el secreto de su composición, de la que solo quedan suposiciones. “No se puede poner en duda la existencia del fuego griego, pero hay que tener en cuenta que fue el secreto militar mejor guardado de la historia”, asegura Soto. “Los técnicos que lo fabricaban no tenían contacto alguno con el mundo exterior”.
Aun así se sabe que la mezcla, que era líquida, incluía nafta –una fracción del petróleo también conocida como bencina–, azufre y probablemente amoníaco. Sin embargo, también se han propuesto otras sustancias como la cal viva o el nitrato.
“La nafta, muy inflamable y que no se mezcla con el agua, y el azufre actuarían como combustible”, explica Justo Giner, doctor en Química de la Universidad de Oviedo.
“El nitrato aportaría el oxígeno necesario para que arda el combustible, como ocurre en los fuegos artificiales y la pólvora, que contiene un 75% de nitrato de potasio y un 15% de azufre”, añade Giner.
Con un combustible que arde –nafta y azufre– y una sustancia que aporte oxígeno –nitrato–, solo faltaría una chispa que encienda el fuego. “Al entrar en contacto con el agua, la cal viva eleva su temperatura por encima de 150 ºC, por lo que actuaría como mecha encendiendo el combustible”, explica Giner.
Algunos documentos hablan de “truenos” y “mucho humo” durante los ataques con fuego griego. Según Giner, “cuando una reacción forma una gran cantidad de gases, estos se expanden generando altas presiones, por lo que se producen explosiones”.
Giner también señala que el humo que produciría un fuego como este sería tóxico. “En general los gases derivados del uso del arma –especialmente debidos al azufre y al amoníaco– formarían un cóctel muy venenoso”.
Denominación de origen siria
La invención de esta arma se atribuye a un ingeniero militar llamado Callínico, procedente de la actual Siria, que llegó a Constantinopla en los días previos al primer gran asedio árabe.
“En la antigüedad, griegos y romanos usaron líquidos inflamables parecidos, pero sin el poder del arma de Callínico”, comenta Soto. “Más tarde árabes y cruzados intentaron copiarlo y solo consiguieron compuestos de peor calidad, y sin los devastadores efectos del fuego griego”.
Según algunos investigadores, entre los que se incluye Soto, puede que Callínico utilizara los estudios –hoy perdidos– de Esteban de Alejandría, uno de los mayores alquimistas, ópticos y astrónomos de la antigüedad, que se trasladó en 616 a Constantinopla.
Los ingenieros navales bizantinos emplearon todo su ingenio a la hora de utilizar el arma, y dotaron a los barcos de dispositivos hidráulicos que, accionados por una bomba de mano, regaban con fuego la cubierta y las velas de los barcos enemigos.
Por otra parte, los marineros disponían de recipientes de cerámica relleno de fuego griego que, a modo de granadas de mano, lanzaban sobre las naves enemigas. “Con semejantes armas no es de extrañar que los árabes, pese a reunir grandes flotas, fueran derrotados”, comenta Soto.
Guía para apagar un fuego griego
Hoy en día, para apagar un incendio provocado por líquidos inflamables como la nafta, se utilizarían espumas y polvo químico pero, si usted fuera un árabe que quiere intentar la conquista de Constantinopla por segunda vez ¿Qué precauciones debería tomar?
“El fuego ardía con más fuerza al intentar apagarlo con agua”, explica Soto. “Solo podía ser apagado con orina, esteras de esparto y, esto no es seguro, con vinagre”.
“Apagarlo con agua no sería una buena idea”, aclara Giner. “Ese es el origen de muchos incendios y quemaduras, al intentar sofocar las llamas producidas por aceite con agua”, añade.
Foto: Un barco enemigo es devorado por las llamas del fuego griego. / J. A. Peñas
Para Giner, la forma más eficaz de sofocarlo sería por asfixia. “La combustión consume mucho oxígeno. Con una concentración inferior al 14% no es posible la combustión”. Este sería el papel de las esteras de esparto o de la arena, otro sistema sobre el que también se ha especulado.
En cuanto a la orina, “al contener gran cantidad de sales inorgánicas y urea, podría actuar como inhibidor de algún componente necesario para la combustión”, explica Giner. “Por otro lado el vinagre podría ‘desactivar’ la cal viva, que no alcanzaría los 150 ºC en contacto con el agua y por lo tanto no encendería el combustible”.
A pesar de ser concluyente en varias batallas navales, la cultura popular ha mitificado esta arma. “Fuera de la guerra marítima su importancia y efecto fue escaso”, asegura Soto. “Además, pasada la sorpresa inicial, los árabes –y en menor medida venecianos, písanos, normandos y demás rivales– aprendieron a contrarrestar los efectos del fuego griego”, concluye.
El arma se continuó utilizando hasta 1204, cuando probablemente se perdió para siempre durante los saqueos y destrucción que sufrió Constantinopla en la cuarta cruzada. El Imperio bizantino siguió usando un arma menos poderosa, posiblemente la imitación árabe de peor calidad.
Ocho siglos después, según asegura Soto, su fórmula podría conservarse en el interior de varios recipientes de cerámica con fuego griego, que se encontraron en un barco hundido frente a las costas de la Provenza francesa, aunque los resultados de este estudio todavía no han sido publicados. Hasta entonces, el misterio continuará.
Canción de hielo y fuego griego
La visión del fuego griego como un arma destructiva y a la vez casi mágica ha provocado que aparezca en libros, películas e incluso videojuegos. Su versión más popular quizá sea el fuego valyrio, que juega un papel importante en la serie de novelas Canción de hielo y fuego, así como en su adaptación televisiva Juego de Tronos.
En este mundo fantástico de inspiración medieval, el fuego –además de ser verde– es mucho más destructivo e inestable, casi imposible de apagar. Incluso hay un personaje famoso por bañar su espada en fuego valyrio antes de la batalla.
En El Último Catón, el bestseller de la alicantina Matilde Asensi, los protagonistas utilizan fuego griego, al igual que los personajes de Rescate en el tiempo –escrita por Michael Crichton– y su versión cinematográfica Timeline.
El fuego griego también ha hecho aparición en varios videojuegos. En Assassin’s Creed: Revelations el protagonista Ezio Auditore utiliza un cañón similar a los que utilizaron los bizantinos para incendiar un puerto de Constantinopla. Y en Age of Empires II existen unos barcos bizantinos que escupen fuego a las naves enemigas.

miércoles, 21 de marzo de 2012

En busca del misterio de los númidas



Representación de uno de los temibles jinetes númidas
“Eorum in equitatu maxima laus fuit”. Su mayor gloria fue la caballería. La palabra númidas conjura la vertiginosa imagen de la caballería ligera más famosa y decisiva de la antigüedad. Los jinetes que ayudaron a Aníbal a convertirse en leyenda, que luego colaboraron resolutivamente a su derrota en Zama y que más tarde cabalgaron junto a César en sus campañas en la Galia. Convertida en indispensable fuerza auxiliar de las legiones, la caballería númida era tan emblemática como los honderos baleares, los arqueros cretenses o los nadadores bátavos. Tito Livio, admirado de su virtuosismo ecuestre los comparó con losdesultores del circo, los acróbatas caballistas, por tener la misma capacidad de saltar de un caballo a otro, incluso en pleno combate. ¿Pero quiénes eran esos númidas ágiles y veloces que han dejado un rastro de sobresaltado respeto en el mundo antiguo?
Numidia 220 a.C. Wikipedia.
Originarios de Numidia (abundante en feroces leones, decía Plinio), un reino que comprendía partes de Argelia, Túnez y Marruecos, entraron en contacto con los cartagineses, que los usaron como mercenarios (Serge Lancel ha dicho que fueron para Cartago lo mismo que los cosacos para el imperio ruso), y luego con los romanos. Divididos en tribus y facciones, a menudo enfrentadas, los númidas apoyaron a Cartago o a Roma y guerrearon contra una y otra en las Guerras Púnicas. Entre sus caudillos figuran grandes personajes de la antigüedad como Sifax, aliado de Cartago y casado con la desgraciada Sophonisba, entregada por su padre Asdrúbal Gisco; Naravas, inmortalizado por Flaubert en Salambó; Masinisa, amigo de Escipión el Africano, y Jugurta, que tuvo en jaque a la república romana con sus guerras y sobornos.
Las fuentes clásicas nos dan información escasa y confusa sobre el pueblo númida, más allá de su relación con Roma, y la historiografía y la arqueología no los ha tenido muy en cuenta. Así que en realidad son unos grandes desconocidos y si historia está llena de enigmas. A resolverlos en lo posible se dedican ahora sobre el terreno un grupo de arqueólogos de la Universidad de Barcelona (UB) encabezados por Joan Sanmartí que excavan desde 2006 en el yacimiento númido-romano de Althiburos (actual el Medeina), en el noroeste de Túnez, en la provincia de el Kef, a 215 kilómetros de la capital del país y a menos de 50 de la frontera argelina.
Teatro de Althiburos. Recerca en acció © Equip Althiburos
Las excavaciones, un proyecto catalano-tunecino en el que colabora el Institut Català d’Arqueologia Clàssica (ICAC), trata de sacar a los númidas de la oscuridad de la historia y de momento ya ha conseguido hacer retroceder su pasado la friolera de medio milenio, hasta al menos el siglo IX antes de Cristo. Alguno puede pensar que la cronología númida no es algo para quitarnos el sueño y menos con la que está cayendo, pero descubrir que hubo una gente en el Magreb que ya se había sedentarizado y construía núcleos urbanos antes del contacto con cartagineses y romanos es un puntazo para nuestra arqueología.
“La idea de excavar allí nació al observar el vacío de conocimientos que tenemos del mundo africano pre romano”, explica Sanmartí en su abigarrado despacho de la UB en el que destaca una vieja reconstrucción de la Acrópolis y la más bien incoherente foto de un grupo de guerreros apaches, entre ellos Jerónimo. “Existe un gran desequilibrio en comparación con lo que sabemos de la historia de la otra orilla del Mediterráneo, situación que tiene que ver con los planteamientos colonialistas con los que se ha trabajado en el Magreb, una arqueología de legitimación de la ocupación occidental que exaltaba y ponía en valor el pasado romano ignorando e incluso ocultando las muestras de civilización autóctona”. En Althiburos, como en la mayor parte del norte de África, esas huellas están bajo las ciudades romanas, si exceptuamos las grandes tumbas reales númidas.
Otra razón que ha llevado a Sanmartí y su equipo a excavar es el interés por estudiar el proceso de formación de los Estados antiguos. La misión de la UB ha aprovechado las buenas relaciones catalanas con Túnez y la receptividad tunecina ante el proyecto, aunque luego se han encontrado con la Primavera Árabe y la revolución que derrocó al presidente Ben Alí, lo que les costó no poder excavar el año pasado. Regresan el próximo día 30.
“De los númidas sabíamos que en la Segunda Guerra Púnica, en el siglo III antes de Cristo ya eran importantes, así que en el siglo IV cuando menos ya debía existir un Estado númida. La Numidia de las fuentes clásicas, como Salustio, es un mundo de grandes monarcas sometido a tensiones y turbulencias sucesorias, que Roma aprovecha y a menudo instiga. ¿Pero qué había antes?”. Le pregunto al estudioso antes de seguir cómo hemos de imaginarnos físicamente a los númidas. “Eran bereberes, paleo bereberes si quieres, hay una continuidad muy clara con ellos, de idioma, de escritura, el amazigh. Su estructura política era de base tribal, no tenían una idea de estado nacional moderno; una serie de grandes señores elegirían a un primus inter pares como rey. Las fidelidades eran variables y fáciles de comprar. Esa propensión a cambiar de bando que observamos en los númidas también se da en los iberos”.
Allthiburos está en un altiplano a casi 800 metros, un lugar muy bonito en el que destacan las ruinas de la ciudad romana, foro, capitolio, teatro. “Excavamos a lado y lado del capitolio, donde podemos; hemos encontrado los niveles antiguos númidas. No hay elementos visualmente espectaculares pero hemos hallado la pared de piedra más antigua de África, descontando las estructuras prehistóricas. Del siglo IX o X a. de C. No conocíamos ni una sola pared númida anterior al siglo III a. de C. Como ves resulta un salto temporal extraordinario”. Sanmartí subraya que se aprecia en la estratigrafía una evolución fluida y una continuidad cultural. “Es el primer paso para hacer una documentación científica de este mundo. Cierto, el interés monumental es muy pequeño, pero hemos llevado a los númidas 500 años atrás en la historia, hasta el siglo X a. de C, medio milenio antes de lo que nos mencionaban las fuentes escritas. Ahora sabemos que eran sedentarios en ese momento tan remoto, cultivaban viña, y luego olivo; no eran nómadas, se habían asentado. Y lo habían hecho puramente por desarrollo propio y no por influencia de Cartago. Había empezado el camino hacia estructuras estatales”.
Recreación de Althiburos. Más detalles en Recerca en Acció
Le pregunto a Sanmartí que habría pasado de no mediar los cartagineses y romanos. “Es una ucronía, ¿habrían desarrollado conceptos de ciudadanía como los del mundo griego y luego romano? No parece, su base era muy tribal, no creo que hubiesen dado lugar a una gran civilización de referencia”. En todo caso, recalca, para un país como Túnez es muy importante descubrir la dimensión histórica de su pasado, aunque también es cierto, matiza, que se recela en algunas instancias de los orígenes identitarios amazigh, bereber. Se ve a los númidas como paganos remotos, preislámicos. Más sospechosos que los cartagineses, al fin y al cabo de lengua semita.
Dese el punto de vista humano, Sanmartí está encantado con la experiencia. “La gente en el mundo rural tunecino es muy hospitalaria y amable; conservan identidades tribales”. No considera que los cambios en Túnez hayan traído un clima malo, y es optimista sobre el futuro del país. Los trabajos de la UB, de los que se acaba de publicar un impresionante primer volumen de memoria científica, no acaban en Althiburos: realizan prospección en todo el valle, estudian monumentos megalíticos, quieren excavar un gran túmulo. .. Los viejos jinetes, pues, seguirán revelando sus secretos.

domingo, 1 de enero de 2012

Encuentran estatuilla de esfinge en tumbra etrusca descubierta en Vulci (Italia)



Según un primer examen superficial de los arqueólogos, la estatuilla de unos 50 centímetros sería del siglo V o VI a.C.

Fuente: Ansa | La Tercera.com, 29 de diciembre de 2011

Una estatuilla de unos 50 centímetros de alto, que recuerda a la Esfinge de Gizeh en Egipto, fue hallada en el área arqueológica de Vulci, en Montalto de Castro (región Lacio, centro de Italia).

En las inmediaciones se encontraron también jarrones etruscos pintados, algunos de ellos intactos.


La estatua, que representa un felino con alas y rostro de mujer, fue identificada en el "dromos" (corredor de ingreso) de una tumba etrusca, descubierta en Vulci por los arqueólogos de la Superintendencia de Etruria Meridional y los obreros de la empresa que gestiona el sitio.


Según los arqueólogos la tumba fue profanada en tiempos remotos pero recientemente no sufrió nuevos accesos: este detalle hace pensar que en el interior puede haber todavía objetos de notable valor.

Los saqueadores de la antigüedad, en efecto, solo se llevaban los objetos "vendibles": en primer lugar metales preciosos, y dejaban el resto en los corredores fúnebres. Esto explicaría por qué la estatua con forma de esfinge quedó en la tumba.

Según un primer examen superficial de los arqueólogos, la Esfinge de Vulci se remontaría al siglo V-VI a.C. En los próximos días será sometida a estudios más detallados para identificar mejor su época y procedencia.
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sábado, 30 de abril de 2011

"La música en la iconografía etrusca".





Tanto las fuentes literarias antiguas como las arqueológicas demuestran que la civilización etrusca sintió un enorme aprecio por la música, algo que puede comprobarse con sólo contemplar el riquísimo elenco iconográfico que procede, sobre todo, de sus tumbas. Como llegó a decir el prestigioso etruscólogo J. Heurgon,  "lo que debía ser más difícil de descubrir en una ciudad etrusca, era el silencio".

Se estima que el pueblo etrusco comienza a recibir la influencia musical griega a partir del siglo VII anterior a Cristo, aunque muy pronto comenzarían a crear y a desarrollar nuevos instrumentos (cf. Santiago Montero, 1980:20). Dentro de las sonoridades etruscas posiblemente se llegaron a utilizar harmoniai como la Lidia (Do), la Hipolidia (Fa), la Frigia (Re) o la Hipofrigia (Sol), en contraste con la solemne sonoridad Dórica (Mi), según M. Pallotino (1965).

Si, como ocurrió con otros aspectos culturales, la música etrusca se vio marcada por el peso de la griega, habría que incluir necesariamente también la harmonia Mixolidia; máxime cuando a partir de los siglos IV y III a. C. la filosofía musical platónico-aristotélica (cf. República, III, 398; Política, VIII, 1340b) abogan por ellas como las más adecuadas, bien para la educación de los jóvenes y para suministrar templanza a guerreros y a sabios (Dórica), o bien para llamar a la meditación (Mixolidia). Las harmoniai Lidia y Frigia eran "orgiásticas" y "ardientes" (Aristóteles: Pol. VIII, 1342b), perfectas para la música del aulós en los banquetes y en situaciones festivas. Si los etruscos tuvieron contactos con grupos griegos minorasiáticos (Lidia, Frigia) y de la Magna Grecia, y a ello le sumamos las posibles influencias próximo-orientales (Fenicia, Chipre o Egipto), se comprende que aquellas harmoniai tuviesen gran protagonismo en la música etrusca, en los "simposios" que tanto les gustaba celebrar. La música de los aedos, empero, debía ser sobria, austera, sujeta a la poesía y nunca superior a ésta, según el pensamiento de Platón. Sonoridades como la Mixolidia pudieron ser empleadas en ritos, funerales –si bien es cierto que los etruscos tenían un concepto de la muerte bastante sui generis– o sacrificios, de la misma forma que se hacía en otros lugares bañados por el Mediterráneo (cf. Heródoto, II, 79).   

Característicos de la música etrusca, a juzgar por los testimonios de fuentes como Plinio, Estrabón o Livio y del estudio iconográfico de los frescos de sus tumbas, eran, por este orden, los instrumentos de viento, los de cuerda y los de percusión (crótalos de metal o de madera).

Los aerófonos más usuales fueron los auloi dobles (más acertado sería denominarlos ahora tibiae), importados de Asia Menor (flauta asiática), y la "trompeta de guerra". Plinio (N. H., XVI, 172) habla de la madera y del marfil de los corni traídos de Fenicia, como materiales en los que solían estar construidos. Con anterioridad a esto último (N. H., XVI, 107), el naturalista ha hecho referencia al diverso uso de la tibia en función a la ocasión en la que ésta debía ser tañida: tibiae sacrificae, tibiae ludicae, o tibiae funebres. Los aulistas etruscos, que en palabras de Livio (IX, 3, 5) se conocían como subulones, gozaban de un gran prestigio, hasta el punto de que aún en el siglo IV a. C. conservaban dicha reputación incluso en Roma. Ataviados con ropas transparentes, de uso común entre los etruscos, usaban la phorbeia, una especie de tira de cuero que se colocaban en la cara para evitar dañarse los labios y para que el rostro no se les deformara. La phorbeia es de clarísima influencia griega.

La música de la tibia servía también para otros eventos, como los cinegéticos. Según Aeliano (12, 46), autor del siglo II d. C., los animales eran atraídos con su sonido, ya que el placer irresistible de la música producida por aquélla se adueñaba de ellos (cit. en Santiago Montero, 1980:20).

Por su parte, la salpinx o "Trompeta de Guerra" (latinizada tuba) en la versión etrusca obtuvo mucha fama entre los cronistas, pues, si bien procedía del mundo griego, llegó a ganarse el sobrenombre de tirsénica o tirrénica, caracterizada por su potente sonido (Estrabón, V, 2, 2). Los etruscos eran considerados como los inventores de la tuba y quizá sea "el sello etrusco el que haya que reconocer en [el] predominio de la música de viento en Roma", como recuerda Luque Moreno (2002).

De los aerófonos etruscos cabe destacar también el cornu que aparece grabado en el dorso de un espejo de Bolonia (siglo V a. C.), tañido por un guerrero flanqueado por dos leones rampantes, motivo muy extendido en la cultura oriental y orientalizada. A juzgar por sus características, el cornu se halla muy vinculado a los que usarían tiempo después los soldados romanos y de cuyo uso ha quedado constancia en ciudades iberorromanas como Urso (Osuna, Sevilla). Del siglo V a. C. es también una sítula de la Certosa (Bolonia) en la que aparecen dos músicos de perfil enfrentados; el de la izquierda toca una syrinx o “Flauta de Pan”, rara en Etruria (cf. S. Montero, 1980:22 y 25, nota 11), y el de la derecha tañe una lira asimétrica que yo me atrevería a comparar con la kinnor semita.

Pero los documentos iconográficos más relevantes, por la información que contienen, en referencia a la música de los etruscos, son los frescos de las tumbas como el de la famosa Tumba de los Leopardos, donde, en una especie de symposion funerario, un subulo etrusco, ataviado con ropajes típicamente griegos, aparece dando grandes zancadas (según se observa en la pintura) delante de un supuesto poeta-cantor (¿vate?) que porta un barbitón, un tipo de lira, de 6 ó quizá 7 cuerdas. Otra lira chelus (“tortuga”) más pequeña, pero con igual número de cuerdas, se encuentra en la tumba del Triclino (Tarquinia, s. V a. C.), en la que, por cierto, forma pareja con un subulo con doble tibia. El barbitón y la chelus eran los cordófonos más típicos entre los etruscos (si bien se observa también una importante presencia de cítaras de hasta 12 cuerdas, a veces tañidas con plectro).

Son también muy numerosas las imágenes de danza en los frescos. Las danzas etruscas podrían clasificarse en guerreras, lúdicas, nupciales o funerarias. Un texto de Livio (VII, 2, 4) describe una danza "al modo toscano" que a él le parecía graciosa, ya que al parecer no había sincronía entre los cantos y los gestos.

Según lo que se puede observar en las pinturas, los participantes adoptaban posturas muy características: con una de las piernas alzadas, como la representada en la Tumba de los Leones (Tarquinia, s. VI a. C.), o la de la Tumba de los Leopardos (Tarquinia, principios del siglo V); o bien cruzando una de las piernas hacia delante, en actitud de avanzar muy despacio. Ciertas pinturas presentan a los danzantes con la cabeza inclinada hacia atrás, lo que para algunos puede interpretarse como un aire extático que quedaría reforzado por el marcado individualismo de estas danzas. Esta autonomía daría libertad al danzante para alcanzar el éxtasis con más facilidad que si lo hiciese supeditado a una pareja de baile.

Los juegos de manos y brazos son también muy peculiares. En casi todas las imágenes se ve siempre un único brazo alzado, reflejando la alternancia entre uno y otro, y nunca ambos. Las manos siempre aparecen abiertas y en un buen porcentaje de los casos aparecen con la palma hacia arriba. La posición de las manos sugiere un estilo bastante orientalizado: en la tumba de Giocolieri (ca. VI-V a. C.) puede observarse a una bailarina que, a simple vista, recuerda mucho a otras homólogas orientales, quizá fenicias. Pero esto es sólo una impresión personal.




Si, por lo que parece, Tartessos y Etruria mantuvieron estrechos lazos, dicha importancia podría suponerse también en Iberia: los modestos restos arqueológicos e iconográficos con los que contamos en la Península Ibérica son suficientes para demostrarlo… a pesar de que el desarrollo musical de ambas culturas no tuvo por qué progresar de idéntico modo.

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Jacques HEURGON: La vida cotidiana de los Etruscos. Madrid: Temas de Hoy, 1991.
Javier LUQUE MORENO: "Roma en la historia de la música occidental". Ideas: contemporaneidad de los mitos clásicos Santiago López Moreda (coord.), (2002), pp. 87-108.
Santiago MONTERO: "La música etrusca". Revista de Arqueología, nº 12 (1980), pp. 18-25.
Massimo PALLOTINO: Etruscología. Buenos Aires: Eudeba, 1965.

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Texto extraído de Ángel Román Ramírez: La música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia. Raleigh (N.C.): Lulu Enterprises, 2009 (pp. 94 y sigs.). Las hipótesis planteadas en este artículo están protegidas bajo derechos del autor © 2009. No está permitido por la Ley de Propiedad Intelectual reproducir el contenido del artículo a menos que se citen las fuentes y el autor del mismo.

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martes, 5 de abril de 2011

ARQUEOLOGÍA PRERROMANA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: Los instrumentos de cuerda en Tartessos y Turdetania.

Por Ángel Román en Terra Antiquae.
[...] Son varios tipos de instrumentos de cuerda los que nos ha revelado la Arqueología en referencia a la organología ibérica. Mediante un ejercicio de musicología comparada el número aumentará si presumimos que las comunidades de colonos [fenicios, griegos, cartagineses] trajeron hasta aquí su propio instrumentario, aunque en un 90% de los casos no sea posible constatarlo con hallazgos materiales.
Entre los cordófonos que pudieron tener una destacada presencia en la zona sur-occidental de la Península Ibérica –siglos VIII al II a. C.– se encuentran liras del tipo phórminx (en algunos casos anteriores a la definitiva llegada de fenicios y griegos) junto a las de la modalidad cítara (dentro ya del período orientalizante). Y de un modo indirecto también se podría hablar de las liras del tipo kinnor o del tipo nebel [antigua Palestina]; por último, y no por ello menos importante, debe destacarse la indudable presencia de las arpas: los testimonios documentales nos llevan al Medievo, pero me da la impresión de que en Turdetania, y en toda la Andalucía prerromana en general, debieron conocerlas muchísimo tiempo antes.
Para la protohistoria española no existe indicio alguno, sea material, documental o de fuentes indirectas, que ofrezca la posibilidad de pensar en cuerda frotada, bien con mástil (a la manera del rabel medieval), bien sin él; o de cuerda punteada con mástil (del tipo laúd). Por el contrario, todos ellos presentan la especie de cordófono punteado y sin mástil, caracterizándose por poseer un número –especulativo– de cuerdas (entre 2 y, quizá, 8 ó 9) y porque se tañían, ya con los propios dedos, ya con la ayuda de un plectro o púa.

Φόρμιγξ (phórminx) es una palabra griega (castellanizada como “forminge”) empleada para designar a un tipo de lira que poseía entre tres y cinco cuerdas, con forma de D, brazos paralelos y la caja de resonancia redondeada por la base. Es el modelo de lira que usó el cantor épico griego durante el siglo VIII a. C. (cf. Ilíada y Odisea), cuya procedencia parece establecerse en el Próximo Oriente (M. L. West, 1992:50 y ss.), con la diferencia de que las liras palestinas poseían asimetría en los brazos, con la caja de resonancia de base cuadrada. Las características de la phórminx presentan una mayor sencillez que sus antecesoras cretomicénicas y que su heredera, la cítara –que hará acto de presencia en Grecia a partir del siglo VII a. C–. “Homero”, de hecho, no nombra la “cítara” en sus poemas, como ya comenté en la Introducción... (A. Román, 2004:38-39), sino a la phórminx; aunque sí utiliza un verbo, kitharízo (que en “Homero” debe traducirse como “tañer cualquier instrumento de cuerda”, y no “tañer exclusivamente la cítara”), que Martin L. West considera un préstamo lingüístico de un idioma no griego cuyo origen se desconoce (1992: 50-51, nota nº 5) pero que debió tener una indudable relación con alguna lengua de origen pre-griego o tal vez semita (vgr. kuthara en Chipre, según Joaquim Braun, NG 3, 2001a:526).
El ejemplo que con más probabilidad puede poseer un origen tartésico-turdetano es la forminge de Zarza Capilla (Badajoz), así como la hallada en otra estela extremeña en Herrera del Duque.

Siguiendo este enlace, encontramos una interesantísima página sobre estas liras.

También es de especial relevancia el vaso hallado en El Cigarralejo (Mula, Murcia) donde aparece, junto a un aulista, un tañedor de lira con el rostro cubierto con una máscara (posiblemente por motivos rituales).


Por supuesto, es inquietante la controvertida lira que fue grabada en la famosa Estela de Valpalmas, en Luna (Zaragoza) pues, si bien dicha estela fue encontrada en un lugar tan alejado de la zona de influencia tartésica, el estilo, en cambio, es exactamente el mismo al de otras estelas grabadas en el sur-sudoeste peninsular, datables entre los siglos IX y VIII previos a Cristo.

Por otro lado, es indudable que tras la llegada de fenicios y griegos a la Península se asumieran muchas de sus costumbres, incluyendo, por supuesto, las musicales. La presencia de instrumentario oriental de todo tipo y especie en Iberia es innegable en relación a los cordófonos, los aerófonos y la percusión. Y tampoco parece haber dudas en cuanto a que

[...] en la Península Ibérica está atestiguada ya desde el Bronce Final la existencia de cánticos, campo en el que se percibe un evidente influjo oriental, a juzgar por el origen de los instrumentos documentados, influjo oriental comparable al que ofrecen el desarrollo de la música en Grecia y en Etruria [...],

como destaca Martín Almagro-Gorbea (2005) de acuerdo con S. Montero, entre otros investigadores (B. Aign, 1963; M. Wegner, 1968; E. Akurgal, 1969).
El testimonio arqueológico más evidente en lo que se refiere a los cordófonos “importados” del sur peninsular data de fechas comprendidas entre los siglos V al I a. C. A menos que aceptemos la influencia orientalizante en las estelas del sur occidental de la Península (algo que aún no encuentra consenso), poco o nada se puede decir de épocas anteriores.
Escasos son también los restos, a menos que atendamos a unas pequeñas liras fabricadas con alambre que adornan un pendiente de Cádiz, seguramente pre-púnicas, o la también pareja de liras de Urso (Osuna, Sevilla), puestas en relieve en una pieza arquitectónica de fechas pertenecientes ya al período republicano romano.

Contemporáneo a la República es un cuenco de plata del siglo II a. C., hallado en Santisteban del Puerto (Jaén) y conservado en el Museo Arqueológico nacional, que sirve de indudable apoyo a esta investigación.

Se trata de la llamada pátera umbilicata, de unos 17 cm. de diámetro, bien estudiada por Ricardo Olmos [1]. Él interpreta “un simbolismo funerario” para esta pieza, que “pudo servir para realizar el ritual de un destacado personaje ibérico” (cit. en L. Abad y M. Bendala, 1999:150). En el centro aparece el umbilicus, caracterizado por una cabeza de lobo que parece engullir a un hombre. Alrededor del umbilicus y decorando todo el perímetro de la pátera se observa una serie de 9 centauros masculinos y femeninos tocando instrumentos musicales o bien portando bandejas con fruta. Entre todos ellos puede distinguirse a uno, presumiblemente masculino, que tañe un enorme cordófono en proporción al tamaño de su cuerpo. El músico parece estar pulsando las cuerdas con plectro. Ambos rasgos llevan a pensar que probablemente se trate de una cítara –así lo interpretan Olmos (1982) y Blázquez (1983:169-70); véase también A. Román (2004:49)–, de influencia griega.

No existe testimonio alguno en Turdetania que haga referencia a presencia de instrumentos como la kinnor o el nebel, los dos cordófonos semitas por excelencia. Ni siquiera los podemos “presuponer” partiendo de la iconografía medieval: la kinnor, por tratarse de una lira y no de un arpa, nada tiene que ver con las representadas en los códices alfonsinos, las cuales quizá estén más relacionadas con modelos europeos, concretamente británicos, en opinión de Rosario Álvarez (Rev. Mus., 1987:69-71). Poseen 12 cuerdas, como aquélla, pero son pulsadas con los dedos, mientras que la kinnor debía tocarse, “reglamentariamente”, con plectro, según Flavio Josefo en Ant. Iud., VII, 12, 3 (cit. en J. Braun, NG 3, 2001a:527; también U. Michels, 1998:163).

Otra diferencia fundamental es que la caja de resonancia de las arpas españolas es abultada y tanto la columna como el clavijero aparecen curvados (Álvarez, 1981a:282) y arrimados verticalmente al cuerpo del arpista.

De los distintos tipos de arpa utilizados en el medievo español dice la prestigiosa musicóloga [2] que se puede llegar a distinguir tres: dos de ellas en los códices de Alfonso X, mostradas en el Libro de Ajedrez, Dados e Tablas, y otra en la Cantiga nº 380 (cód. b.I.2), también recopilada por “El Sabio”. En esta miniatura concretamente observamos una pareja de arpistas con los instrumentos descritos. Tienen, por cierto, todas las características de lo que Curt Sachs [3] denominaría “arpa románica”, modelo que será muy utilizado en España en los siglos XIV y XV. Esta cronología indica que la miniatura de la Cantiga 380 muestra un instrumento único, adelantado para su época, dado que los códices alfonsinos datan del siglo XIII: podríamos calificarlo incluso de anacrónico, ya que no aparece ninguna otra representación de un cordófono semejante en las demás miniaturas de los códices escurialenses. Tal anacronismo podría explicarse si estas arpas angulares tuviesen un antecesor en Oriente. El propio Sachs (1940:84) destaca la presencia de un tipo de arpa muy parecido a las descritas, la sabbekha, mencionada en el libro de Daniel. Etimológicamente la palabra denota procedencia fenicia (Braun, NG 3, p. 532), si bien parece un préstamo lingüístico de otro término de origen griego: sambukē. A juicio de Braun, la opinión de Sachs acerca de la procedencia semita de la sabbekha se encuentra muy bien fundada, ya que existen evidencias escritas “de un tipo de arpa de origen fenicio en la antigua Palestina” (Braun, id) que, según las fuentes, eran de uso común entre las prostitutas.

En lo que respecta al psaltyrion –también conservado en la iconografía medieval–, no ha de ser identificado con el nebel, aunque sí cabe compararlo con el qanum egipcio (el latinizado “canon”); incluso habría que plantearse si fueron la misma cosa en un primer momento, o se influyeron mutuamente. Este hecho se observa, por ejemplo, en la miniatura de la Cantiga 80 de Alfonso X, donde apenas se aprecian diferencias entre ambos.

En definitiva, de las antiguas Andalucía y Extremadura proceden restos arqueológicos que demuestran presencia de cordófonos desde muy antiguo, posiblemente desde un tiempo anterior al llamado orientalizante. Esta circunstancia da pie a pensar que dichos vestigios representan una práctica musical autóctona [4] que debió tener alguna similitud con la de los aedos y rapsodas mediterráneos y centroeuropeos. Si hacemos caso a Estrabón (III, 1, 6), esta práctica musical es plausible, ya que no es difícil imaginar aquellos “poemas” e “historias” tan antiguas cantadas a la manera, por ejemplo, del cantor épico griego. Si la hipótesis que yo he planteado, sobre la posibilidad de que en los textos homéricos se describe a Tartessos, es correcta, aquella práctica musical quedaría atestiguada definitivamente. Y, de otra parte, este hecho quedaría también consolidado algunas centurias más tarde con la llegada a tierras extremeñas de algunos pueblos de origen celta, pueblos que poseían a su vez una larga tradición de “poetas cantores”, como lo demuestra la presencia de un gremio de músicos rapsodas, los bardos belgas que menciona también Estrabón (IV, 4, 4).
Los cordófonos de influencia orientalizante no se testimonian en los restos protohistóricos, sino hasta la centuria tercera previa a Cristo, según lo dicho. No obstante, si realizásemos un atrevido ejercicio de musicología comparada buscando los más que posibles orígenes mediterráneos a determinados instrumentos medievales, empezaríamos a sugerir las primeras respuestas a cuestiones de la música ibérica protohistórica tan complejas como, por ejemplo, los tipos de sonoridades que podrían haberse empleado o las puestas en escena y las situaciones o contextos en que aquella música tuvo lugar. Sería un primer paso, siempre que esta música ibérica protohistórica se plantee en conexión con el Mediterráneo; ya que hablar stricto sensu de “sonoridades indígenas” en un tiempo anterior a las colonizaciones es del todo imposible.   



[1]  Ricardo Olmos: “La pátera de Santisteban del Puerto (Jaén)”.  Estudios de Iconografía, 1 (Madrid, 1982).
[2] Rosario Álvarez es experta, entre otras muchas cosas, en iconografía musical medieval. De hecho, su Tesis Doctoral de 1981 trató precisamente de Los instrumentos musicales en la plástica española durante la Edad Media: los cordófonos, en 2 vols.
[3] Curt Sachs:  The History... (op. cit.),  p. 253.
[4] De hecho, hay constancia arqueológica de una práctica similar en determinados contextos ibéricos, tal y como se ve en Ángel Román, La Música en Tartessos..., cap. II: Los bardos iberos y sus ‘rapsodias’ (pp. 150 y ss.).


Texto extraído de Ángel Román Ramírez: La Música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia (Raleigh, North Carolina: Lulu Enterprises, 2009), pp. 124 y sigs.