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miércoles, 14 de diciembre de 2011
viernes, 5 de agosto de 2011
La destrucción de Persépolis
NHG. NÚMERO 92, PÁGINA 50


En su invasión del Imperio persa, Alejandro Magno avanzó hasta llegar a su capital, Persépolis. Allí se instaló en los palacios reales, donde una noche, en medio de un banquete, una cortesana lo persuadió de prender fuego a la ciudad. Fue el fin de la capital de los soberanos aqueménidas.
Tras la conquista de Persépolis, la capital del Imperio persa, Alejandro Magno quiso mostrar su poder y determinación ante el mundo, y ordenó incendiar la ciudad que había sido el glorioso símbolo de la dinastía aqueménida. Tras la resonante victoria que obtuvo en la llanura de Gaugamela, en octubre del año 331 a.C., Alejandro Magno vio cómo quedaba abierto el camino a las grandes capitales del Imperio persa. Su rey, Darío III, había huido hacia el norte de sus dominios para reclutar nuevos contingentes con los que enfrentarse a los invasores macedonios.
La ruta hacia el sur, donde se hallaba el corazón político y simbólico del Imperio, quedaba, así, despejada y al alcance del invasor. Las capitales de Babilonia y Susa fueron entregadas por sus respectivos gobernadores sin apenas oponer resistencia: Alejandro pudo, de este modo, hacer su entrada triunfal en Babilonia en medio de grandes fastos. Tampoco la ocupación de Pasagarda y Ecbatana, las otras dos capitales imperiales, presentó excesivas complicaciones. La excepción a la regla fue Persépolis, tal vez las ciudad más emblemática del reino persa, que cada año acogía la espléndida ceremonia de homenaje y sumisión de todos los pueblos al Gran Rey. La imagen ideal del soberano se ha conservado en los impresionantes relieves que adornaban muros y escalinatas de la gran plataforma sobre la que se erigió el imponente complejo palacial.
El camino más corto para alcanzar la ciudad discurría a través de los montes Zagros, límite geográfico oriental de la antigua Mesopotamia, y que constituían una barrera natural en el camino de Alejandro. El acceso a Persépolis se hallaba, por tanto, mucho más protegido que el de Babilonia o Susa. En el principal paso montañoso a lo largo de la ruta, las famosas puertas de Susa, se había atrincherado un importante contingente militar dispuesto a resistir el avance de Alejandro e impedir a toda costa su entrada en la capital. El primer ataque macedonio contra las defensas persas en el pasoconcluyó en un rotundo fracaso y se saldó con fuertes bajas.
Era casi la primera contrariedad seria que sufría Alejandro en su arrolladora y victoriosa campaña por tierras de Oriente. El soberano macedonio se vio obligado a dividir sus fuerzas para rodear al enemigo por ambos flancos y pudo sortear el obstáculo gracias a la ayuda de un pastor local que indicó a los macedonios una ruta alternativa, no exenta, sin embargo, de complicaciones y dificultades, y que exigía, además, una gran rapidez de movimientos. Las tropas persas fueron finalmente derrotadas y se retiraron a Persépolis, pero cuando llegaron ante las puertas de la ciudad vieron cómo les impidió la entrada el gobernador, que, al parecer, ya había pactado con Alejandro la entrega de la capital persa y le había advertido del peligro del saqueo de sus tesoros.
Alejandro hizo su entrada en Persépolis a finales de enero de 330 a.C. A diferencia de lo sucedido en Babilonia o Susa, el conquistador macedonio permitió a sus soldados que procedieran al saqueo indiscriminado de la ciudad. Algunos testimonios describen con espanto las atrocidades cometidas por los soldados contra la población civil.
La decisión de Alejandro de permitir el brutal saqueo de Persépolis se ha explicado como una impulsiva y airada reacción ante la resistencia ofrecida por el enemigo, que había provocado considerables bajas en su ejército en el ataque inicial a las Puertas de Susa. De la noche a la mañana, el fastuoso complejo palacial que en su día concibió el rey Darío I como el escaparate del poderío aqueménida quedó reducido a un montón de escombros. Eso sí, las crónicas mencionan que Alejandro mostró posteriormente un arrepentimiento tardío por lo sucedido.
La fundación de Roma
NHG. NÚMERO 92, PÁGINA 62


Según el mito, los gemelos Rómulo y Remo, a los que amamantó una loba, fundaron Roma en el año 753 a.C. Ciertos hallazgos arqueológicos indican que la ciudad surgió hacia aquella época.
Según el mito, Rómulo y Remo, dos gemelos abandonados en el río Tiber y amamantados por una loba, fundaron Roma, ciudad que llegaría a ser el centro de uno de los mayores imperios de la historia. A la pregunta de quién fundó Roma, nadie dudará en responder: Rómulo y Remo. Y en efecto, la representación de los divinos gemelos amamantados por la loba se ha convertido en una imagen universalmente conocida, quizá la que mejor simboliza a la Ciudad Eterna en cuanto que representaba a sus legendarios fundadores. Sin embargo, tal afirmación no responde a la realidad histórica: salvo el caso de las colonias, pocas ciudades de la Antigüedad clásica fueron resultado de una fundación, sino más bien el producto de un largo proceso de formación.
Roma no escapa a esta regla, y, de hecho, debido a la complejidad de la documentación, su origen constituye una de las cuestiones más debatidas y de difícil situación que se plantean los historiadores actuales. Pero si nos situamos en la perspectiva de los antiguos romanos, la intervención de un héroe es por completo necesaria: así como todo un pueblo, excepto los considerados autóctonos, es consecuencia de una migración, la ciudad nace en virtud de la decisión individual de aquel que actúa como fundador.
En el caso de Roma, ese fundador fue Rómulo. Según la versión canónica del origen de Roma, la historia de Rómulo y Remo se remonta a su abuelo Numitor, rey de la ciudad de Alba Longa, en el Lacio. Numitor fue despojado del trono por su hermano Amulio, quien, para evitar futuras complicaciones, decidió segar la descendencia de su rival: ordenó dar muerte a su único hijo varón, mientras que su hija, conocida con los nombres de Ilia y Rea Silvia, la hizo ingresar en el colegio de las vestales, un sacerdocio femenino que obligaba a sus miembros a conservar la virginidad, bajo pena de muerte, durante treinta años, con lo cual le impedía tener hijos. No obstante, cuando en el cumplimiento de sus funciones sacerdotales Ilia se dirigió a una fuente para buscar agua, fue violada por el dios Marte, quien la dejó encinta de dos gemelos.
Una vez tuvo lugar el parto, Amulio ordenó dar muerte a los niños, pero los servidores encargados de tal misión abandonaron la cesta que contenía a los gemelos en el río Tiber. Las aguas desbordadas del río depositaron la canasta con los pequeños a los pies del monte Palatino, y allí una loba, atraída por el llanto de los niños, acudió y les ofreció sus mamas. Poco después aparecieron unos pastores y la loba se alejó; uno de ellos, llamado Fáustulo, recogió a los gemelos y los entregó a su esposa, Acca Larentia, para que los criase. Rómulo y Remo pasaron su infancia y juventud en un ambiente salvaje, entre los pastores de la zona. Pronto les apremió el deseo de fundar una ciudad allí donde les encontró la loba.
Rómulo se impuso a su hermano y procedió a fundar Roma siguiendo las reglas señaladas por el ritual etrusco, trazando un surco con un arado que marcaría el límite de la ciudad. Rómulo estableció la prohibición de atravesar con armas el límite de la ciudad, pero Remo no se conformó y se burló de la obra de su hermano atravesando armado el surco. En la refriega que siguió, Remo encontró la muerte. Según la tradición, Rómulo reinó durante treinta y seis años. Sobre su muerte existían dos versiones. La más antigua dice que desapareció durante una tormenta y fue elevado al cielo, identificado con el dios Quirino. La segunda versión sostiene que Rómulo habría sido asesinado y que su cuerpo fue descuartizado por los senadores, cansados de su comportamiento tiránico.
miércoles, 13 de julio de 2011
La tragedia de Pompeya y Herculano
NHG. NÚMERO 91, PÁGINA 60


El 24 de agosto de 79 d.C., el Vesubio entró en erupción. Primero, una lluvia de cenizas fue cubriendo las casas y las calles de Pompeya y Herculano. Gran parte de los habitantes huyeron, pero los rezagados se vieron sorprendidos por varias oleadas de materiales volcánicos que dejaron cientos de víctimas y enterraron totalmente ambas ciudades.
El 24 de agosto del año 79 d.C., hacia el mediodía, el Vesubio entró en erupción. Los habitantes de los pueblos del contorno emprendieron la huida, pero muchos cayeron bajo terribles corrientes de gases y cenizas que causaron miles de víctimas. El 5 de febrero del año 62 d.C., Pompeya ya había resultado casi totalmente destruida por un terrible terremoto y por los incendios que siguieron al temblor. La reconstrucción fue lenta, y diecisiete años después todavía proseguían las labores de reparación y embellecimiento. Por eso, es posible que los temblores de tierra que sacudieron la ciudad durante la segunda mitad del mes de agosto del año 79 d.C. incitaran a muchos pompeyanos a huir hacia Nápoles e, incluso, a marchar a Roma.
En todo caso, nada anunció lo que iba a ocurrir el 24 de agosto de ese mismo año. Poco después del mediodía, una tremenda explosión lanzó al aire el tapón rocoso que cerraba el cráter del Vesubio. Una enorme columna de gas, humo y ceniza se elevó hasta una altura de varios kilómetros. Mientras ascendía, el material iba perdiendo su forma gaseosa y se iba convirtiendo en cenizas y piedra pómez, que en las horas siguientes empezaron a caer anegando casi toda la parte oriental y meridional de las faldas del Vesubio. Pompeya acabó ahogada por una capa de más de dos metros de ceniza y piedra pómez. Muchos murieron por el desprendimiento de los techos de las casas, incapaces de soportar el peso de las cenizas.
Otros, la mayoría, lograron huir. Pero los rezagados sufrieron un destino terrible, cuando, en la madrugada y la mañana del día siguiente, sucesivas oleadas de gases y material incandescente se abatieron desde el Vesubio hacia Pompeya, Herculano y las demás poblaciones en torno al volcán, matando en el acto a cientos de personas y dejándolo todo cubierto por espesas capas de residuos. Los restos de las víctimas de la gran erupción del año 79 empezaron a salir a la luz en los siglos XVIII y XIX. Fueron primero esqueletos cubiertos por piedra pómez; luego, moldes humanos, elaborados por los arqueólogos según un ingenioso procedimiento que consistía en rellenar con escayola los huecos que los cuerpos, al descomponerse, habían dejado entre las capas de cenizas.
Gracias al trabajo de generaciones de arqueólogos, historiadores, excavadores y aficionados conocemos el nombre de más de dos mil personas que vivieron en Pompeya en los dos últimos siglos de su existencia. No es mucho si lo comparamos con los entre doce mil y veinte mil habitantes de la ciudad en el momento de la erupción. Pero bastante para evocar la vida de algunos de ellos, sobre todo de los que murieron aquella mañana veraniega.
De éstos se han encontrado unos cuatrocientos cadáveres y otros setecientos huecos dejados por los materiales piroclásticos. Naturalmente, no podemos saber a quién pertenecía cada cadáver, pero sí se han podido estudiar algunas de sus características fisiológicas e, incluso, su ADN. Plinio el Viejo fue la víctima más ilustre de la erupción del Vesubio, pero hay dudas sobre las verdaderas causas de su muerte.
Al llegar a Estabia el día de la erupción, por la tarde, se alojó en la villa de un amigo. La acumulación de ceniza y piedra pómez aconsejó, a la mañana siguiente, huir del lugar. Todos se dirigieron a la playa, pero el viento impidió que zarparan en botes. Plinio se tendió sobre una sábana, bebió agua fría y entonces falleció. Según el testimonio de su sobrino, murió asfixiado, lo que sugiere que fue víctima de la última onda piroclástica que se abatió sobre la zona. Sin embargo, el que sus acompañantes sobrevivieran ha hecho pensar que pereció de un ataque al corazón.
viernes, 17 de junio de 2011
Un diccionario de la lengua más antigua
Dos científicos analizan escrituras del palcio de Sargón II. Foto: AP
Posee 28.000 términos del acadio y los 21 tomos se pueden descargar gratis de Internet
Fuente: “La Nación”, Martes 14 de junio de 2011
NUEVA YORK (The New York Times).- Luego de 90 años de trabajo continuado, académicos de la Universidad de Chicago finalmente concluyeron un diccionario de 21 tomos de la lengua de la Mesopotamia antigua y sus dialectos babilonio y asirio, que no se hablan desde hace 2000 años y se conservan en tablas de arcilla e inscripciones sobre piedras.
Es la lengua con la que Sargón el Grande, rey de Akad, comandó, en el siglo XXIV a.C., la formación de lo que se considera el primer imperio del mundo, y que Hammurabi utilizó alrededor del 1700 a.C. para proclamar el primer código de leyes conocido. Es el vocabulario del poema épico de Gilgamesh, la primera pieza maestra de la literatura mundial. Nabucodonosor II habría utilizado esas palabras para calmar la nostalgia de su esposa por la tierra donde había crecido, con la promesa de cultivar los Jardines Colgantes de Babilonia.
Anteayer, en una conferencia de prensa, un grupo de historiadores, arqueólogos y especialistas en lenguas semíticas antiguas analizaron la importancia de este nuevo diccionario, que Gil Stein, director del Instituto Oriental de la universidad, consideró "una herramienta de investigación indispensable para quien quiera explorar los registros escritos de la civilización mesopotámica".
Jerrold Cooper, profesor emérito de lenguas semíticas de la Universidad Johns Hopkins y que participó en varias etapas de la investigación desde los años 60, opinó que el diccionario le abre a la ciencia "el período más rico de la escritura cuneiforme". Se refería a la escritura que inventaron en el 4000 a.C. los sumerios, en la Mesopotamia.
El diccionario, con 28.000 palabras y sus distintos significados, abarca el período entre el 2500 a.C. y el 100 d.C.
Cuando James Henry Breasted, fundador del Instituto Oriental, comenzó el proyecto, en 1921, gran parte del material escrito a mano se atribuía a los reyes asirios. Además, las referencias bíblicas daban la impresión de que el término "asirio" era sinónimo de la mayoría de las lenguas semíticas antiguas. Actualmente, se sabe que esa lengua básica es el acadio.
Y el diccionario es más una enciclopedia que un glosario conciso de palabras y definiciones. A muchas palabras con significados múltiples y asociaciones históricas les siguen páginas de información que incluye desde la literatura, las leyes y la religión hasta el comercio y la vida cotidiana. Hay, por ejemplo, 17 páginas sobre la palabra "umu", que significa "día".
El llamado Diccionario Asirio de Chicago cuesta 1995 dólares; cada tomo, entre 45 y 150 dólares. También se puede descargar online gratis de oi.uchicago.edu/research/pubs/catalog/cad .
miércoles, 25 de mayo de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: La epopeya de Gilgamesh
NHG. NÚMERO 90, PÁGINA 42


Hace cinco mil años, un rey llamado Gilgamesh gobernó la ciudad mesopotámica de Uruk. Pronto se convirtió en héroe y dios, y sus gestas lo hicieron protagonista de la primera epopeya de la historia, centrada en su desesperada búsqueda de la inmortalidad. En ella aparece, por primera vez, el tema del diluvio universal.
Hace casi cinco mil años, un hombre gobernó Uruk: Gilgamesh. Prontó entró en la leyenda, convertido en protagonista de la primera epopeya de la historia, un dramático relato sobre la búsqueda de la inmortalidad. «Aquel que todo lo ha visto, que ha experimentado todas las emociones, del júbilo a la desesperación, ha recibido la merced de ver dentro del gran misterio, de los lugares secretos, de los días primeros antes del Diluvio. Ha viajado a los confines del mundo y ha regresado, exhausto pero entero. Ha grabado sus hazañas en estelas de piedra, ha vuelto a erigir el sagrado templo de Eanna y las gruesas murallas de Uruk, ciudad con la que ninguna otra puede compararse».
El escriba Sin-leqi-unnini («Dios Sin, acepta mi plegaria») acaba de trazar estas palabras en lengua acadia sobre una tablilla de barro fresco. Ahora cierra los ojos, como para ver mejor la espléndida Uruk y a ese poderoso héroe que ha viajado hasta los lugares más remotos y cuyas aventuras se dispone a narrar. Sin-leqi-unnini evoca las portentosas murallas de la ciudad y, dirigiéndose al lector, se aplica otra vez a escribir: «Mira cómo sus baluartes brillan como cobre al sol. Busca su piedra angular y, debajo de ella, el cofre de cobre que indica su nombre. Ábrelo. Levanta su tapa. Saca de él la tablilla de lapislázuli. Lee cómo Gilgamesh todo lo sufrió y todo lo superó». Así empieza la primera epopeya de la historia: el Poema de Gilgamesh. Sin-leqi-unnini quizás escribe hacia 1400 a.C. Pero no es el creador de la obra, aunque su mano le da forma definitiva. El relato que pone por escrito se hunde en la noche de los tiempos, más de mil años atrás. Hace aproximadamente unos seis milenios, en lo que hoy es Irak, se extendía la fértil llanura mesopotámica, atravesada por los ríos Éufrates y Tigris. En el sur de esa llanura, en el país de Sumer, se levantaba la imponente Uruk (la actual Warka), cuna de su todopoderoso rey Gilgamesh.
Por sus hechos y su fama, este personaje pasó muy pronto a lacategoría de mito, convertido en protagonista de un ciclo de poemas sumerios que cristalizaron en la magna composición que lleva su nombre. Sabemos que hacia 2700 a.C. existió un personaje, llamado Bilgames -luego escrito Gilgamesh-, que los más antiguos textos en escritura cuneiforme sitúan en Kullab, un barrio de Uruk, en calidad de sacerdote-rey. Gilgamesh también aparece en un famoso documento, la Lista real sumeria (redactada hacia 1950 a.C.), que atribuye la fundación de esta ciudad, emplazada en la orilla izquierda del Éufrates, al rey Enmerkar.
De acuerdo con la Lista, Gilgamesh perteneció a la dinastía I de Uruk: fue su quinto soberano, reinó 126 años y le sucedió su hijo Ur-lugal. A Gilgamesh se le atribuía la construcción de las poderosas murallas de la ciudad, según menciona una inscripción del rey Anam de Uruk, datada hacia 1825 a.C., y según recuerda también el Poema. Dichas murallas eran de estructura doble: una exterior, de la que tan sólo restan trazas en el suelo, y otra interior, de unos 9,5 kilómetros de longitud y cinco metros de espesor, reforzada con más de 900 torres semicirculares. Sin-leqi-unnini organizó el Poema en once cantos o tablillas. Este genial sacerdote, exorcista y escriba enriqueció el poema con otra narración sumeria que se ha hecho famosa: el relato del Diluvio.
Por fin, los escribas asirios del tiempo del rey Assurbanipal, en el siglo VII a.C., dieron al texto su forma canónica, añadiéndole la tablilla que hoy es la última. Esta versión fue archivada en la biblioteca del palacio del rey, en Nínive, descubierta en 1853 y cuyos materiales fueron enviados a Londres. Allí, en 1872, el joven investigador George Smith logró traducir las tablillas y fragmentos del Poema de Gilgamesh. A lo largo de las doce tablillas del Poema se perfila a Gilgamesh como un héroe mítico, de 5,60 metros de altura -el doble que el bíblico gigante Goliat-, compuesto en sus dos terceras partes de esencia divina,puesto que era hijo de Lugalbanda y de la diosa Ninsun, y que habla y se mueve entre los dioses como uno más de ellos.
Dos serán las premisas de su actuación: la búsqueda de la gloria, que intentará alcanzar junto a su amigo Enkidu (episodios narrados en las seis primeras tablillas), y, sobre todo, la búsqueda de la inmortalidad, que tiene lugar en un contexto narrativo sombrío, caracterizado por la soledad y el temor a la muerte (de la tabilla séptima a la decimoprimera). A todo ello se añadió la doceava y última tablilla referida al Más Allá, sin conexión con el relato anterior, pero que permite a Gilgamesh ver el mundo que le espera tras su muerte.
viernes, 15 de abril de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: Ya está disponible la página web www.romanheritage.com, el Imperio Romano en la web.
El Dr. Jesús Centenera Ulecia presentó ayer 14 de abril en Pozuelo de Alarcón su proyecto www.romanheritage.com , una página web que muestra parte del legado del Imperio Romano, que ha llegado hasta nuestros días, con especial énfasis en los yacimientos, monumentos, museos y centros de interpretación.
La web www.romanheritage.com tiene como objetivo principal la divulgación del legado cultural del Imperio Romano, por lo que se plantea como una página web sin ánimo de lucro, que quiere ser un lugar de encuentro científico y una herramienta para compartir información sobre el legado romano. Para ello cuenta con más de 20.000 imágenes e identifica más de 1.500 localizaciones de yacimientos, monumentos museos y centros de interpretación para visitar del mundo romano. Del mismo modo, hay referencias a libros, clásicos y contemporáneos, revistas especializadas, películas, actos culturales, fiestas y grupos de recreación histórica, páginas webs, así como de otros elementos culturales sobre Roma. Se trata de un proyecto abierto, al que se invita a participar a toda la comunidad académica, nacional e internacional, ya que en este comienzo se cubre tan sólo aproximadamente el 15% de monumentos y lugares de interés del total posible.
El fondo fotográfico cuenta con imágenes, de nivel aficionado, realizadas por el propio Dr. Centenera en sus viajes por países como Marruecos, Egipto, Jordania, Siria, Israel, Turquía, Grecia, Italia, Francia, Serbia, Croacia, Reino Unido y España, así como con el fondo de la página web www.theatresantiques.fr cedidas de manera gratuita por el especialista francés de la ciudad de Orange, Mr. Claude Philippe, y algunas fotos sueltas cedidas por terceros a Romanheritage. Las fotos estarán disponibles para las autoridades culturales, los centros académicos y los medios periodísticos de manera gratuita, siempre que citen la fuente y provean los medios físicos para la adquisición de los mismos.
domingo, 27 de marzo de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: La decisiva batalla de las Termópilas
NÚMERO 88 NHG, PÁGINA 50


La decisiva batalla de las Termópilas
En el año 480 a.C., durante la segunda guerra médica, un inmenso ejército persa tuvo que emplear todos sus recursos para doblegar a 300 guerreros espartanos en el paso de las Termópilas. Éstos, comandados por su rey Leónidas, no dudaron en sacrificar sus vidas en favor de la salvación de Grecia.
En el año 480 a.C., en el curso de la segunda guerra médica, un puñado de combatientes helénicos detuvo durante tres días a un vasto ejército persa. Sabían que les aguardaba la muerte, pero no vacilaron en cumplir con su misión, y su sacrificio permitió la salvación de Grecia. Jerjes, el Gran Rey, señor del Imperio persa, había decidido conquistar y someter Grecia para vengar la vergonzosa derrota sufrida por su padre, Darío I, ante los atenienses en la batalla de Maratón librada diez años antes, en 490 a.C. Con este fin reunió un ejército inmenso, cuyos efectivos debían de oscilar entre 90.000 y 300.000 hombres. También remitió embajadores a las principales ciudades griegas, con un único mensaje: «Tierra y agua». La entrega de agua y tierra al Gran Rey suponía someterse a su poder, y algunos griegos lo hicieron.
Pero no todos quisieron olvidar su libertad, y hubo quienes decidieron resistir hasta la victoria o el desastre. Reunidas todas las naciones de Asia en su ejército, Jerjes comandó sus tropas hasta Grecia. Mientras, oscuros presagios -un eclipse, una tempestad o el imposible parto de una mula- anunciaban desgracias y muchos pensaron que el Gran Rey había insultado a los dioses al lanzar la invasión. Ajeno a ello, el monarca condujo sus tropas hasta el norte de Grecia donde un angosto sendero discurría entre las montañas y el mar. El desfiladero que separaba a Jerjes de Grecia recibía el nombre de Termópilas, «Puertas Calientes», a causa de las aguas termales que brotaban en sus inmediaciones. Era el lugar donde, según el mito, había muerto el legendario Heracles y se lo consideraba la entrada a Grecia. Corría el mes de agosto del año 480 a.C.
En Grecia nadie dudaba de que el mando militar tenía que estar en manos de los espartanos. Los hombres de Esparta dedicaban su vida al entrenamiento constante de sus cuerpos para el combate. Pero Esparta mantenía férreamente sus tradiciones y en aquellos momentos estaba celebrando las fiestas sagradas en honor del diosApolo, las Carneias, durante las cuales estaba prohibido movilizar al ejército. En consecuencia, Leónidas, uno de los diarcas o reyes de Esparta, decidió tomar las riendas de la situación y someterse al juicio de la historia. Al no poder movilizar el ejército espartano para la guerra, convocó a los miembros de la guardia real y escogió entre ellos a quienes tenían hijos varones, con lo que aseguraba la supervivencia de sus familias si perecían en combate. Así reunió a trescientos espartanos, con los que se encaminó hacia el norte para frenar el avance del amenazador ejército enemigo. Aunque Leónidas comandaba a sus trescientos hombres, le acompañaban otros contingentes de procedencia muy diversa.
Desde el Peloponeso habían venido periecos e ilotas, habitantes de las inmediaciones del territorio de Esparta, escogidos por Leónidas con su mismo cuidado tanto para su valía como por su rectitud moral. Se le sumaron fuerzas provenientes de Tespia y Focea, así como algunos locrios; e incluso los beocios (los habitantes de la región de Tebas), de quienes ningún griego se fiaba entonces porque eran sospechosos de pactar con el enemigo, enviaron algunos escuadrones. De este modo, es probable que las fuerzas griegas ascendieran a unos 7.000 combatientes. Los persas atacaron con decisión, fiados en su superioridad numérica. Sin embargo, pese a que sus caídos eran reemplazados inmediatamente por hombres de refresco, los guerreros comandados por Leónidas no parecían menguar en la misma proporción y cerraban con su falange el fondo del desfiladero.
El éxito de los griegos se basaba en su formación: la falange. Mediante un armamento sencillo, compuesto esencialmente de un casco, una lanza y un escudo redondo llamado hoplón (que daba nombre al hoplita), los griegos desarrollaron un sistema de combate revolucionario, fundamentado en la solidaridad defensiva y el mantenimiento de la línea. Cuando Leónidas cayó, sus hombres lucharon hasta el último aliento por defender su cuerpo. El cadáver del rey espartano sería cruelmente mutilado por los persas, quienes cortaron su cabeza para colgarla de un palo. Al fin y al cabo, Leónidas era, a sus ojos, responsable de la muerte de miles de sus compañeros. Pero él y sus hombres pasaron a ser, por su sacrificio, héroes imperecederos, símbolos del valor y de la entrega.
viernes, 18 de marzo de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: El aguila en la Nieve. Novela "El Aguila en la Nieve" de Wallace Breem.
por novelahistorica.net.
Sorprendente e impactante la novela "El Águila en la nieve" de Wallace Breem, que nos cuenta en clave de ficción historica un periodo muy interesante y para muchos desconocido de la decadencia de Roma, siendo concretos de la decadencia del Imperio Occidental Romano, ya que en el momento en que tiene lugar la narración de los hechos el otrora gran Imperio Romano ya se encontraba dividido.Esta historia épica nos llevara desde el Muro de Adriano en Bretaña hasta la frontera del Rin, donde serán los pueblos Germanos quienes intentaran asentarse en la Galia, para ello deberán pasar por encima de los defensores de la frontera del Imperio, que encabezados por Máximo sufrirán de la desidia de los gobernantes locales, de las promesas incumplidas y sobre todo, por la escasez de tropas debido a que no era la única frontera atacada.
Wallace Breem no solo nos hablara de las legiones romanas, sino que nos explicara con detalle las razones que impulsaban a los diversos pueblos germanos a intentar cruzar el Rin. Sera la supervivencia y no la conquista la razón de ser de la invasión. Muerte, traición, pobreza y miserias serán contadas con total crudeza y la desesperación de los diversos personajes será su mayor motivación, además del honor que dará lugar a grandes pasajes de heroísmo.
No puede contarse un periodo de decadencia desde la alegría, El Águila en la Nieve es una novela histórica dura y que intenta acercarse a la realidad, no alegrarle la vida al lector, una historia de supervivencia y superación de unos personajes irrepetibles.
Titulo: El Águila en la Nieve.
Autor: Wallace Breem.
Valoración: **** (Muy Bueno)
Por novelahistorica.net.
Leerlo si os gusto: Puertas de Fuego y Las Legiones Malditas.
lunes, 28 de febrero de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: Hellenikon. Novela Historica Hellenikon de Luis Villalon.
Hellenikon la primera novela histórica de Luis Villalón, desarrolla su trama alrededor de hechos, batallas y acontecimientos de la civilización griega totalmente documentados, durante las décadas mas populares y decisivas de su historia, pero da una visión diferente de la realidad. Las guerras medicas con las batallas de Salamina, Maratón y de las Termopilas, tienen su sitio en la novela pero no son el epicentro de la misma, los personajes irán viviendo los acontecimientos más importantes de su era pero no será lo único relevante en sus vidas.
El espartano Arimnesto y sus vicisitudes con los dioses ocupan uno de los muchos lugares preeminentes de la historia que nos cuenta Luis Villalón. El autor nos llevara con inusitada facilidad de un lugar a otro de Grecia, de Atenas a Esparta pasando por Platea sin que la novela pierda en ningún momento el ritmo y el interés. Los Ilotas que fueran esclavizados durante décadas por los Espartanos y tratados por ellos como inferiores, son en algunos pasajes más protagonistas que el mismísimo rey Leónidas, que los éforos de Esparta o que el mismo Temistocles.
El carácter de cada uno de los personajes de esta tragicomedia griega esta tan bien definido, que en todo momento nos implicaran en la historia y nos harán tomar partido de las ideas de unos y otros, el humor de los protagonistas, sus dudas e inquietudes nos harán inmiscuirnos en todo desde la primera página.
Titulo: Hellenikon.
Editorial: Ediciones Evohé: Hellenikon en la página de Evohé.
Autor: Luis Villalón Camacho.
Autor: Luis Villalón Camacho.
http://www.novelahistorica.net
martes, 22 de febrero de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: Las Siete Maravillas de la Antigüedad.
NÚMERO 87, NHG PÁGINA 50


Apasionados viajeros, los griegos crearon una lista de siete monumentos que por su grandiosidad y belleza admiraron a quienes los contemplaban, y cuya leyenda ha llegado hasta nuestros días.
«El muro de la áspera Babilonia, por donde marchan los carros,/ y este Zeus a orillas del Alfeo los contemplé,/ como los jardines colgantes y el coloso de Helios,/ y el inmenso trabajo de las elevadas pirámides / y la tumba gigantesca de Mausolo; pero cuando divisé / el templo de Artemisa que se alza hasta las nubes, / las otras maravillas fueron eclipsadas, y dije: aparte de en el Olimpo, / el Sol nunca pareció tan grande». En apenas ocho líneas, el poeta Antípatro de Sidón, del siglo II a.C., reúne en este poema las obras más admirables de su época: los muros y jardines de Babilonia, la estatua del dios Zeus en Olimpia, el Coloso de Rodas, las pirámides de Gizeh, el Mausoleo de Halicarnaso y el Artemision de Éfeso. Tan sólo habría que añadir a la lista el Faro de Alejandría para enumerar las canónicas Siete Maravillas de la Antigüedad. De este modo, sin haberlo previsto, Antípatro dio inicio a la carrera de un mito que trascendería los siglos.
La lista formó parte de la sabiduría popular en época romana: el poeta Marcial se refirió al Coliseo de Roma, cuando se inauguró en el año 80 d.C., como uno de los muchos monumentos que aspiraron a parangonarse con las famosas Siete Maravillas.
Algo más tarde aparecieron tratados -como el atribuido a Filón de Bizancio (probablemente del siglo V o los escritos por Gregorio de Tours (siglo VI) y Beda el venerable (siglo VIII)- que discutieron las excelencias de cada monumento y, posteriormente, sirvieron de inspiración a los artistas del Renacimiento. La mística de las Siete Maravillas comienza por el número de obras seleccionadas: son siete, como siete fueron los sabios de Grecia y las colinas de Roma en la pagana Antigüedad y siete son los pecados capitales de la religión cristiana.
Forman una lista que puede parecer, al principio, arbitraria: dos estatuas de culto (la del dios sol Helios en Rodas y la de Zeus en Olimpia), dos tumbas reales (la pirámide de Keops y el Mausoleo de Halicarnaso), unos jardines (los de Babilonia), una atalaya (el Faro de Alejandría) y un templo (el Artemision de Éfeso). Sin embargo, gracias a la popularidad de esta lista, se denomina colosal a todo aquello de desmesuradas proporciones, tal como se creyó que era el llamado Coloso de Rodas; o mausoleo a las lujosas tumbas de grandes personalidades, en recuerdo a la que el rey cario Mausolo construyó en Halicarnaso; y todos los faros se llaman así desde el primero que se levantó en la isla de Faros, en Egipto.
La leyenda de las Siete Maravillas es una creación helena. Fue Heródoto, considerado el padre de la historia y un gran viajero, quien, en el siglo V a.C., dedicó, admirado, las primeras páginas de su Historia a esas maravillas dignas de tal calificativo en Babilonia y Egipto. Por una extraña coincidencia, la misma patria del historiador, Halicarnaso, fue, poco después de su muerte, la sede de una de esas maravillas: el Mausoleo.
Para cuando se confeccionó la lista canónica de las Siete Maravillas, en época helenística (323-30 a.C.), Alejandro Magno y había guiado a los griegos en una expedición exitosa a través del Imperio persa y había conquistado ese mundo cuyo esplendor había fascinado a Heródoto; poco tiempo después, la dinastía de los Ptolomeos hizo de Alejandría, en Egipto, un centro internacional del saber, con el Museo y su famosa Biblioteca, y erigió a la entrada del puerto de la ciudad otra de las maravillas: el Faro.
El bibliotecario Calímaco (305-240 a.C.) escribió una obra titulada Una colección de maravillas terrestres a través del mundo y, poco después, Antípatro de Sidón compuso el famoso poema. En aquellos lugares donde antaño se elevaron majestuosas las Siete Maravillas (Babilonia en Irak, Olimpia en Grecia, Éfeso y Halicarnaso en la actual Turquía) no hay ahora más que ruinas o decepcionantes espacios vacíos, producto del expolio. En las reliquias del presente contemplamos el fracaso de nuestro pasado, que había encumbrado estas siete obras maestras como un legado para toda la eternidad.
sábado, 8 de enero de 2011
RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: Olimpia: deporte y espectáculo en Grecia
| Olimpia: deporte y espectáculo en Grecia |
NÚMERO 85, PÁGINA 50 HNG


Celebrados en Olimpia cada cuatro años, los Juegos Olímpicos fueron el certamen atlético más prestigioso de Grecia. Los ganadores alcanzaban la gloria y eran recibidos como héroes en su ciudad.
Los atletas que protagonizaban los Juegos Olímpicos no actuaban movidos únicamente por el afán de gloria. Suculentas recompensas los convertían en verdaderos profesionales de su especialidad. La prohibición de que los deportistas «profesionales» participaran en los Juegos Olímpicos no fue abolida hasta casi cien años después de los primeros Juegos Olímpicos modernos, aunque desde hacía bastante tiempo quienes competían en ellos eran en buena parte profesionales, si no de nombre, sí de hecho.
Como en tantos otros aspectos, el prestigioso modelo en el que se basaron los padres del olimpismo moderno para proponer su ideal de deportista fue el atleta griego de época clásica o, mejor dicho, una imagen idealizada de este atleta que por entonces se estaba forjando, especialmente en Gran Bretaña, y que alcanza su mejor expresión en la obra de E. Norman Gardiner (1864-1930), uno de los autores que, con toda justicia, más ha influido en los estudios modernos sobre deporte antiguo.
Gardiner reconstruía la historia del deporte griego como un proceso de auge y caída, que empieza con el «deporte espontáneo y aristocrático» de los héroes homéricos y culmina con la «edad de oro» del deporte griego, en 500-440 a.C. A partir de entonces, el deporte griego habría conocido un alarga y lamentable decadencia, que se atribuía a la implantación del profesionalismo, que comportaba una excesiva e insana especialización de los deportistas y un incremento exagerado de los honores y recompensas económicas que recibían los atletas. Se establecía así una tajante contraposición entre dos tipos de deportista.
Por una parte, el atleta aficionado y aristócrata que compite sin ánimo de lucro con el único objetivo de conseguir el triunfo y mostrar así sus cualidades; se trataría de un deportista que procedería naturalmente de las clases altas, que eran las únicas que podían permitirse el lujo de dedicar su tiempo a entrenarse y a competir sin esperar recompensa económica a cambio.
A este deportista «amateur» opone Gardiner el atleta profesional, que procedería generalmente de las clases bajas y competiría pensando únicamente en el vil metal, y cuya irrupción habría traído consigo la degeneración y corrupción de los nobles ideales que movían a los aristocráticos atletas de la época arcaica y comienzos del período clásico, hasta mediados del siglo V a.C.
Las investigaciones de los últimos cuarenta años (a partir sobre todo de los estudios de Henri W. Pleket) han modificado sustancialmente este panorama y han demostrado que el deporte griego antiguo comenzó bastante pronto a mover cantidades de dinero e influencias de carácter social y político. Había dos tipos de competiciones. En primer lugar, estaban los «juegos por coronas»; eran los más importantes, los llamados Juegos Panhelénicos: Olímpicos, celebrados en Olimpia; Píticos, en Delfos; Ístmicos, en Corinto, y Nemeos, en Nemea. En todos ellos, los vencedores recibían como premio una corona vegetal que simbolizaba su triunfo. En segundo lugar, figuran los juegos en los que los vencedores recibían premios de valor material, a menudo elevado. Ya en el siglo II a.C., en una ciudad de Asia Menor un vencedor olímpico recibió 30.000 dracmas sólo por participar en unos juegos locales, en una época en la que un soldado romano recibía, como mucho, una paga de 300 dracmas por año. ¿Y qué ocurría en el caso de los Juegos Panhelénicos? En Olimpia, los vencedores recibían como recompensa una corona de olivo, corona que era de laurel en los Juegos Píticos de Delfos y de apio en los juegos Ístmicos y Nemeos.
Sin duda, como ocurre en las modernas Olimpíadas, el deseo de triunfar, y no el dinero, era el primer incentivo de los atletas. Así pues, la distinción moderna entre atleta profesional y atleta aficionado no puede aplicarse al mundo griego si se adopta como criterio distintivo al competir por dinero u otras ganancias materiales. En realidad, los primeros atletas profesionales de la historia del deporte europeo (y quizá mundial) salieron de las filas de la aristocracia, con seguridad ya en el siglo VI a.C., si entendemos por atleta profesional aquél que se dedica «a tiempo completo» al entrenamiento y a la competición y recibe por ello recompensas en metálico o en honores, aunque no dependa de ellas para ganarse el sustento.
Pero hoy en día estamos en condiciones de afirmar que la «democratización» del deporte griego antiguo, el acceso de las clases menos pudientes a la práctica del deporte y, sobre todo, a la participación en los Juegos Panhelénicos entre los siglos VIII y V a.C., fue mayor de lo que tradicionalmente se ha venido creyendo.
jueves, 30 de diciembre de 2010
Guía de recursos bibliográficos de la novela histórica
Hola, he encontrado un faro que nos alumbrará en la lectura del género de la novela histórica, espero que sea de vuestro agrado.
Guía de recursos bibliográficos de la novela histórica
La novela histórica: una introducción
Se entiende por novela histórica aquella que, siendo una obra de ficción, recrea un periodo histórico preferentemente lejano y en la que forman parte de la acción personajes y eventos no ficticios. Debe distinguirse por tanto entre la novela histórica propiamente dicha, que cumple estas condiciones, y la novela de ambientación histórica, que presenta personajes y eventos ficticios ubicados en un pasado con frecuencia remoto. Puede establecerse una distinción más con lo que se ha denominado la historia novelada, en que la historia es narrada con estrategias propias de la novela, aunque sin incluir elementos de ficción.
Si bien existen obras anteriores de tema histórico que con frecuencia se asocian al género, suele entenderse que la novela histórica nace en el siglo XIX, en el marco del Romanticismo, de la mano del escocés Walter Scott (1771-1832). Scott publicó una serie de novelas ambientadas en la Edad Media inglesa en cuyas páginas se incluían eventos y personajes de la época, de las cuales la primera fue Waverley (1814) y la más popular Ivanhoe (1819), cuya acción transcurre en la Inglaterra del siglo XII, en la época de la dominación de los normandos. Este tipo de novela, que obtuvo rápidamente una gran popularidad, respondía al deseo de nacionalismo y exaltación del pasado, propio del movimiento romántico. Durante este periodo gran cantidad de autores en Europa y América se lanzaron a la producción de novelas históricas. Así, puede hablarse de autores como el francés Víctor Hugo, el italiano Alessandro Manzoni, el alemán Theodor Fontane, los rusos Aleksandr Pushkin y Lev Tolstoï, el norteamericano James Fenimore Cooper o el polaco Hernyk Sienkiewicz, autor de la célebre Quo vadis?, hoy quizá más conocida por su adaptación cinematográfica. También el movimiento realista, que siguió al romántico, dio a la luz novelas históricas destacadas con autores como Gustave Flaubert.
Posteriormente, el género ha pasado por periodos de mayor o menor fecundidad, gozando actualmente de una popularidad extraordinaria. A lo largo del siglo veinte, con momentos de esplendor y decadencia, la novela histórica se ha ido adaptando a la evolución narrativa que ha experimentado el género novelístico, introduciendo todo tipo de novedades formales. En este siglo han surgido autores de verdaderos “clásicos” del género, tales como Yo, Claudio, de Robert Graves, o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, por citar dos ejemplos inspirados en la Antigüedad clásica. La Edad Media, por su parte, ha dado lugar a una prolífica producción, entre la que se cuentan best sellers de la talla de Los pilares de la tierra, de Ken Follet, y ejemplos con mayor carga erudita como El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
Si bien existen obras anteriores de tema histórico que con frecuencia se asocian al género, suele entenderse que la novela histórica nace en el siglo XIX, en el marco del Romanticismo, de la mano del escocés Walter Scott (1771-1832). Scott publicó una serie de novelas ambientadas en la Edad Media inglesa en cuyas páginas se incluían eventos y personajes de la época, de las cuales la primera fue Waverley (1814) y la más popular Ivanhoe (1819), cuya acción transcurre en la Inglaterra del siglo XII, en la época de la dominación de los normandos. Este tipo de novela, que obtuvo rápidamente una gran popularidad, respondía al deseo de nacionalismo y exaltación del pasado, propio del movimiento romántico. Durante este periodo gran cantidad de autores en Europa y América se lanzaron a la producción de novelas históricas. Así, puede hablarse de autores como el francés Víctor Hugo, el italiano Alessandro Manzoni, el alemán Theodor Fontane, los rusos Aleksandr Pushkin y Lev Tolstoï, el norteamericano James Fenimore Cooper o el polaco Hernyk Sienkiewicz, autor de la célebre Quo vadis?, hoy quizá más conocida por su adaptación cinematográfica. También el movimiento realista, que siguió al romántico, dio a la luz novelas históricas destacadas con autores como Gustave Flaubert.
Posteriormente, el género ha pasado por periodos de mayor o menor fecundidad, gozando actualmente de una popularidad extraordinaria. A lo largo del siglo veinte, con momentos de esplendor y decadencia, la novela histórica se ha ido adaptando a la evolución narrativa que ha experimentado el género novelístico, introduciendo todo tipo de novedades formales. En este siglo han surgido autores de verdaderos “clásicos” del género, tales como Yo, Claudio, de Robert Graves, o Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, por citar dos ejemplos inspirados en la Antigüedad clásica. La Edad Media, por su parte, ha dado lugar a una prolífica producción, entre la que se cuentan best sellers de la talla de Los pilares de la tierra, de Ken Follet, y ejemplos con mayor carga erudita como El nombre de la rosa, de Umberto Eco.
En España, un primer periodo dio a la luz un buen número de obras relevantes para el género, con autores como Mariano José de Larra, José de Espronceda, Enrique Gil y Carrasco y, posteriormente, Benito Pérez Galdós, con sus recientemente reeditados Episodios nacionales. En la actualidad existe una abundante producción de novela histórica en nuestro país y abundantes obras recrean acontecimientos tales como la Segunda República y la Guerra Civil (con ejemplos destacados como la celebrada Soldados de Salamina, de Javier Cercas) o bien la España del Siglo de Oro (de la que es un buen representante la serie El capitán Alatriste, de Arturo Pérez Reverte), entre otros.
Junto a la novela, a lo largo del siglo XX ha ido desarrollándose lo que podríamos denominar el cómic histórico. Esta variante ha ofrecido su particular visión, en los estilos gráficos más variopintos, de diversos periodos históricos: desde la Galia (no) romana de Las aventuras de Astérix, de Albert Uderzo y René Goscinny, al horror de los campos de concentración nazis de Maus, de Art Spiegelman, pasando por acontecimientos como la batalla de las Termópilas recreada por Frank Miller en 300. En España el cómic histórico ha privilegiado épocas remotas, con ejemplos como El Jabato, centrado en la Hispania romana.
La presente guía no pretende, en absoluto, ser exhaustiva a la hora de recopilar las obras existentes de y sobre novela histórica. En su lugar, ofrece una pequeña selección de novelas y cómics históricos que forman parte del fondo de la Biblioteca Nacional, así como una serie de fuentes de información a que el interesado puede acudir para profundizar en el género. En lo que hace a nuestra selección de novelas, hemos optado por incluir tanto las obras clásicas del Romanticismo como obras actuales, destacadas bien por su calidad literaria, bien por haber sido especialmente del gusto del público lector. En cuanto a las fuentes de información que se aportan, se incluyen tanto estudios y bibliografías como diversos recursos en línea, desde bases de datos especializadas a páginas web para aficionados al género.
PARA SABER Y PROFUNDICAR MÁS ID A ESTE LUGAR:
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