viernes, 15 de abril de 2011

RESEÑA BIBLIOGRÁFICA: Ya está disponible la página web www.romanheritage.com, el Imperio Romano en la web.


 
El Dr. Jesús Centenera Ulecia presentó ayer 14 de abril en Pozuelo de Alarcón su proyecto www.romanheritage.com , una página web que muestra parte del legado del Imperio Romano, que ha llegado hasta nuestros días, con especial énfasis en los yacimientos, monumentos, museos y centros de interpretación.

La web www.romanheritage.com tiene como objetivo principal la divulgación del legado cultural del Imperio Romano, por lo que se plantea como una página web sin ánimo de lucro, que quiere ser un lugar de encuentro científico y una herramienta para compartir información sobre el legado romano. Para ello cuenta con más de 20.000 imágenes e identifica más de 1.500 localizaciones de yacimientos, monumentos museos y centros de interpretación para visitar del mundo romano. Del mismo modo, hay referencias a libros, clásicos y contemporáneos, revistas especializadas, películas, actos culturales, fiestas y grupos de recreación histórica, páginas webs, así como de otros elementos culturales sobre Roma. Se trata de un proyecto abierto, al que se invita a participar a toda la comunidad académica, nacional e internacional, ya que en este comienzo se cubre tan sólo aproximadamente el 15% de monumentos y lugares de interés del total posible.
El fondo fotográfico cuenta con imágenes, de nivel aficionado, realizadas por el propio Dr. Centenera en sus viajes por países como Marruecos, Egipto, Jordania, Siria, Israel, Turquía, Grecia, Italia, Francia, Serbia, Croacia, Reino Unido y España, así como con el fondo de la página web www.theatresantiques.fr cedidas de manera gratuita por el especialista francés de la ciudad de Orange, Mr. Claude Philippe, y algunas fotos sueltas cedidas por terceros a Romanheritage. Las fotos estarán disponibles para las autoridades culturales, los centros académicos y los medios periodísticos de manera gratuita, siempre que citen la fuente y provean los medios físicos para la adquisición de los mismos.

ARQUEOLOGÍA GRECORROMANA: Hallan en Alba Iulia (Rumanía) los restos de un templo dedicado a Némesis junto con su estatua.

Arqueólogos rumanos han descubierto en la ciudadela de Alba Iulia un templo romano dedicado a la diosa Némesis. Dentro del mismo han encontrado también una estatua de la diosa, un relieve y un altar votivo.

Vía: Radio Iasi | 12 de abril de 2011 (Traducción libre: G.C.C.).
Ver el blog de Guillermo Caso de los Cobos. terra antiquae

El director adjunto del Museo Nacional de la Unión de Alba Iulia, Constantin Inel, dijo el pasado martes al corresponsal de la AFP que el templo fue descubierto durante los trabajos de rehabilitación de la zona interior de la ciudadela de Alba Iulia, dentro de la cual se hallaba el campamento romano de la Legio XIII Gemina.



Constantin Inel dijo que el templo fue probablemente construido por los soldados de la legión como una ofrenda a la diosa Némesis, considerada protectora de los gladiadores y de los soldados romanos. Entre los objetos descubiertos se han hallado nombres de los donantes.

Así mismo, manifestó que el descubrimiento era inusual y único en la Dacia romana, dado que son muy raros los casos en los que la legión construye un templo sagrado dentro del campamento.

En el interior del templo los arqueólogos encontraron un altar votivo, una placa de mármol con la representación de un gladiador, y la pieza más espectacular: una estatua de mármol de la diosa Némesis.


Constantin Inel, presentando el relieve del gladiador hallado. Foto de vídeo.


La diosa está representada junto a un grifo, un animal mitológico con el cuerpo de un león, la cabeza, alas y garras, de un águila, y orejas de caballo. No obstante le falta una parte de su pata derecha.

Constantino Inel señaló que los hallazgos están datados entre finales del siglo II y principios del siglo III d. C., dentro del período de dominación romano en Dacia.

"El templo dedicado a la diosa Némesis es de forma sencilla, rectangular. Dentro del mismo encontré tres piezas especiales: un altar dedicado a la diosa Némesis, un bajorelieve representando a un instructor de gladiadores, y, depositado en el lugar sagrado, la estatua de la diosa Némesis, una pieza de gran logro artístico realizada con mármol de Asia Menor", dijo Inel.


Altar votivo. Foto de vídeo.


Némesis era la diosa de la venganza para los romanos, y fue considerada protectora de los gladiadores y de los legionarios.

Últimamente, los arqueólogos han encontrado en Alba Iulia, durante las obras de remodelación de la zona interior de la ciudadela del municipio de Vauban, numerosos fragmentos del antiguo campamento romano de la Legio XIII Gemina.

El primer descubrimiento fue realizado cerca de la tercera puerta de la ciudadela, donde se encontraron los cimientos de uno de los cuarteles de los soldados de la legión.

Otro importante descubrimiento fue localizado en la cuarta puerta, donde las excavaciones revelaron un altar romano.

Además, los equipos de investigadores han descubierto una parte de la Via Principalis en el interior del campamento de la legión, y sobre la cual fue construida posteriormente la fortificación actual.

La fortaleza de Alba Iulia fue construida en el siglo XVIII, entre 1714-1738, y es considerada el bastión fortificado más representativo en Rumanía.

Foto aérea de la fortaleza de Vauban

Foto: Plano del campamento de la Legio XIII Gemina y detalle de la posterior estructura de la fortaleza.

Antes de que se levantara la fortificación de Vauban, este lugar ya existía desde el año 104 d. C., primero como un campamento romano y luego como una fortaleza medieval.

jueves, 14 de abril de 2011

El 'País de los Feacios', ¿un lugar imaginario?

 
El aedo Demódoco en la corte del rey feacio Alcínoo,
cantando las hazañas de Ulises (a la derecha de la imagen, llorando).
   

Son varias las veces que he leído y releído la Odisea y muchas más las ocasiones en las que me he detenido en este pasaje de los Cantos VI al VIII. Una gran mayoría de los expertos asegura que el país de los Feacios, Schería, es un lugar imaginario, donde el (o los) poeta(s) que cantó el célebre poema épico (tradicionalmente atribuido a “Homero”) vuelca toda su artillería creativa para dar cobijo y descanso catártico a un perdido y desolado Ulises. Es en este pasaje donde Ulises narra los acontecimientos más famosos de la Odisea.

¿Inventó “Homero” esa tierra idílica, o se inspiró en pueblos ya conocidos o de los que pudo haber oído hablar?

Al respecto son famosos y clásicos los trabajos de A. Schulten y V. Bérard, si bien la historiografía moderna los considera obsoletos. No obstante, la mayoría de los expertos nunca ha dejado de reconocer que los poemas épicos de “Homero” conservan un fondo de realidad, hasta el punto de que la misteriosa Época Oscura griega ha podido ser reconstruida en la teoría (siendo confirmada por la Arqueología), partiendo de los textos homéricos.

La reflexión que reproduzco a continuación se halla planteada presentando mis más sinceros respetos, pues ni mucho menos puedo considerarme una autoridad en la materia, sino que es un humilde y simple pensamiento, el cual, según yo veo, puede tener cierta coherencia:

Durante la época dorada fenicia (la fundación de Gadir, el comercio con Tartessos), los navegantes y mercaderes llegaban a Egipto cargados de productos “exóticos” y maravillosos que los egipcios no se resistían a comprar. Contaban a sus compradores cuán fabulosos eran los nuevos territorios “conquistados” por ellos y cómo de extensas eran esas conquistas... pero los caminos a aquellos lugares los guardaron en el más absoluto y celoso secreto (en la imagen, una reproducción del mundo a los ojos de “Homero”).

Ello provocó que el magnífico emporio edificado por los fenicios en el misterioso y lejano Occidente “obsesionara” a los griegos que vivieron entre los siglos VIII al VI a. C. En sus mitos, los helenos no paraban de hacer referencias a él y, desde luego, no era para menos. Las informaciones que recibían de los fenicios sobre aquellas fabulosas regiones debían de hacerles la boca agua.

Estrabón insistía en que “Homero” tenía conocimiento de la existencia de Iberia y dejó dicho: “[...] no es de extrañar que el poeta haya compuesto [...] la leyenda sobre el vagabundeo de Odiseo, de manera que la mayor parte de lo que narra sobre él se sitúa más allá de las Columnas [de Hércules]” (III, 4, 4). Y es que, verdaderamente, da la impresión de que “Homero” ubica los acontecimientos de mayor carga mitológica, precisamente, en lugares a donde el ciudadano medio no podría acceder (en tal sentido, Maluquer de Motes, 1984:8-9), a donde nadie podría llegar para verificar si sus historias eran o no ciertas. Y en la Odisea estos lugares se hallan establecidos, por regla general, en el extremo de la Tierra, en Occidente.

Indudablemente el descubrimiento de tierras nuevas y exóticas tuvo que despertar la curiosidad de muchos “sabios” y poetas de los pueblos que conformaban el Antiguo Mundo de entonces. Y éste fue otro de los motivos por los cuales sugerí en la Introducción... (2004:36), que en el pasaje de la Odisea en el que se retrata una civilización supuestamente imaginada, lo que en realidad se hace es una descripción de las costumbres de aquellas tierras ignotas que podrían identificarse con Tartessos. En principio, nada nos puede hacer pensar que, en efecto, la Schería de “Homero” fuese la Tartessos ibérica, si bien tampoco podemos cerrar los ojos ante la posibilidad de que “Homero” tomara un modelo, como digo, para construir su “paraíso terrenal” particular tras oír las constantes noticias y leyendas que debieron circular, ya no durante el I milenio antes de Cristo, sino incluso desde mediados del II. 

Tales reflexiones nos conducirían a una tercera, quizá la más importante: descartar el emplazamiento real otorgado tradicionalmente a Schería, léase la actual isla de Corfú (antigua Kérkyra o Córcira). Es más, creo que en la Introducción... pude rebatir dicha identificación (2004:32), algo que, por otro lado, no supuso ninguna novedad; pues según la opinión científica generalizada, Corfú tampoco debe considerarse como la localización real de Schería, como lo sugirió Tucídides (I, 25). De hecho, el que Tucídides afirmase tal cosa es relativo. En el libro I (25, 4) de la Historia de la Guerra del Peloponeso dice: “[...] en cuanto a su flota [los corcireos], se vanagloriaban a veces no sólo de ser muy superiores, sino también por la anterior ocupación de Corcira por los feacios, cuya fama giraba en torno a sus naves [...]”. He subrayado el reflexivo precisamente porque Tucídides no afirma que los feacios sean los antecesores de los corcireos, sino que éstos eran quienes presumían de ello: tener un pasado glorioso y una ascendencia legendaria de cierto calibre es deseo común de todo pueblo, máxime durante la Antigüedad; Virgilio, por ejemplo, pone a Eneas, una vez abandonada Troya, como colonizador de la tierra que después sería Etruria con el fin de otorgarle ese pasado de esplendor (curioso es el anacronismo virgiliano en lo referente al amor que nació entre el héroe –que de haber existido realmente debió vivir alrededor del siglo XI a. C.– y Elisha o Dido, noble fenicia fundadora de Carthago en el 814 a. C.). Volviendo con Tucídides, el mismo razonamiento debe aplicarse a III, 70 (4), donde menciona un templo consagrado a Alcínoo.

Teniendo estas premisas en cuenta, he llegado a la conclusión de que la descripción de Schería niega, más que afirma, la relación entre ésta y la isla jónica, porque Corfú pertenece al mundo heleno y lo que “Homero” pretendía era precisamente lo contrario; es decir, situar a Schería lo más lejos posible, en el Extremo Occidente, en el Fin del Mundo.

Nausícaa, la princesa de los feacios hija de Alcínoo, dice en Od. VI (214-15), respecto a los habitantes de Schería: “[...] somos los últimos de los hombres y ningún otro mortal tiene trato con nosotros”. De tal frase se deducen dos cosas: la primera proposición, somos los últimos de los hombres, hace referencia a seres que moraban en lugares lejanos; la misma expresión en el griego original, eschatón (“los más apartados”), así lo confirma. Como muy bien apunta Carmen Marcos (2003:59), para los navegantes y mercaderes micénicos “tanto la isla de Ítaca como la de Corfú, la antigua Corcyra, eran lugares de paso obligado y actuaban como puentes en el camino que, costeando el litoral occidental del Peloponeso, llegaba hasta el sur de Italia y Sicilia”. Si “Homero” pretendía situar sus historias en la lejanía espacio-temporal, sería ilógico que describiese un lugar sobradamente conocido por sus oyentes, por lo que, en caso de que el Poeta hubiese querido enclavar a Schería en la muy conocida isla de Córcira, no habría puesto aquellas palabras en boca de Nausícaa.

Recreación artística de un cacique o rey tartesio muy orientalizado.


En cuanto a la segunda parte de la frase, ningún otro mortal tiene trato con nosotros, la interpretación podría realizarse a partir de dos posibles premisas: la primera, entendiéndola de manera análoga a como se hace con Heródoto (IV, 152) cuando se refería a Tartessos; desde el punto de vista griego, las civilizaciones cuyas tierras aún no habían sido exploradas, ni con cuyos habitantes se había tenido relación contractual o comercial alguna, se las consideraba “vírgenes”, aun cuando la Península Ibérica ya comerciaba con pueblos como el micénico, el egipcio o el fenicio mucho tiempo antes que el “renacido” pueblo griego del siglo VIII a. C. En lo que respecta a la segunda premisa, es preciso destacar que “Homero” cuenta una historia que, aunque se inspira en informaciones contemporáneas a él, la sitúa, no obstante, muy lejos en el tiempo, en la época gloriosa de los antiguos palacios y reinos, en la era micénica. Es un hecho real, corroborado por la Arqueología, que Micenas tuvo contactos comerciales con la Península Ibérica desde el siglo XIII a. C. (vestigios de ello, en el curso medio del Guadalquivir y en Huelva); puede que antes. Nada más que por las leyendas de Herakles, “Homero” debió tener constancia de aquellos contactos (cf. Estrabón, III, 2, 13) que, por otro lado, debieron ser esporádicos, al menos no llevados a cabo de un modo tan sistemático como se hizo a partir de la llegada de los pueblos semitas. Por tanto, ya no solo cabe hablar de las tierras “inexploradas” en la época micénica, sino también de aquéllas que, aun habiendo sido visitadas por los micénicos o tardo-micénicos, no fueron “explotadas” como lo serían en la era orientalizante. Reforzaría esta tesis, en fin, lo que Ulises le dice a Atenea al principio del Canto VII: “Soy un forastero que [...] ha llegado acá, viniendo de lejos, de una tierra apartada, y no conozco a ninguno de los hombres que habitan esta ciudad y estos campos”. Ulises, rey de Ítaca, jamás pronunciaría estas palabras si el lugar en el que se encontrase fuese Kérkyra, tan próxima a su patria.

A su vez esto explicaría también por qué la imagen del País de los feacios representada en la Odisea se encuentra entre dos mundos, uno “civilizado” y otro “incivilizado” (A. Román, 2004:30): al final del Canto V (vv. 477-478), cuando Odiseo/Ulises consigue arribar a la playa de aquella nueva y desconocida tierra y decide descansar tras la tormenta, se dirigió “[...] a la selva que halló cerca del agua, en un altozano, y metióse debajo de dos arbustos que habían nacido en un mismo lugar y eran un acebuche y un olivo [...]”. Según Carmen Sánchez ( Sobre la Odisea, 2003:195) este pasaje descubre que Schería se hallaba en una doble situación de realidad e irrealidad, pues el “acebuche” y el “olivo” no hacen sino poner en relieve un “hecho notable, que es doble, salvaje y cultivado a la vez”. Sin embargo, aceptando lo que Sánchez sugiere en cuanto a las tierras “cultivadas” o no, yo planteé en su momento que, en realidad, debería leerse tierras “civilizadas” o “incivilizadas” desde el punto de vista del desarrollo agrícola. Es precisamente lo que ocurría en la Península Ibérica antes de la llegada de los fenicios. Éstos introdujeron técnicas agrícolas que mejoraron el cultivo de la vid y del olivo, si bien ambos tipos de frutos ya eran consumidos entre los pre-tartesios de un modo más rudimentario (A. Román, 2004:31); es decir, en Tartessos se consumía la aceituna silvestre y, como se sabe, es “Acebuche” el nombre con el que se conoce al olivo en estado salvaje. La aceituna no fue cultivada de manera sistemática hasta la llegada de los fenicios.

En consecuencia, parece lógico pensar que con la expresión que hace alusión al acebuche y al olivo, lo que “Homero” quiere no es diferenciar lo real de lo imaginario, sino mostrarnos que Ulises, a principios del siglo XII a. C., llegó a una tierra que, a sus ojos, se hallaba en vías de desarrollo, por lo que podría aceptarse como una especie de analogía entre la Schería homérica y la Tartessos “real” (A. Román, 2004:31).

En este sentido me parece ciertamente importante la reflexión que al respecto hace González de Canales. Según él (2004:80):

[...] Demostrada la reducción de Tarteso al emporio protohistórico de Huelva, no van a faltar puntos de encuentro con Esqueria: localización occidental, riqueza de metales, suave climatología, predominio del viento de Poniente y capacidad para producir dos cosechas al año. En ambos casos se trata también de una isla (o península) situada junto a un río que desemboca en el Océano. Una descripción de Esqueria, según la divisa Odiseo desde el mar, recuerda la imagen que en su día ofrecieron las colinas o cabezos de Huelva desde el antiguo lago marino configurado por el estuario del Tinto-Odiel: « ...las montañas umbrías de la tierra feacia [dice este autor, citando a “Homero”] ...como comba de escudo surgiendo del mar nebuloso» (Od. V 279-281) [...].

González de Canales va a concluir afirmando que, en cualquier caso, “ausente el topónimo Tarteso en Homero, es preferible contemplar a Esqueria como un país imaginario [...]”, algo que puede aceptarse, si bien debemos tener en cuenta que, como él mismo apunta en páginas anteriores (2004:60), “la primera referencia explícita [a Tartessos como tal], en el siglo VI a. C., se debe a Estesícoro, quien en su Gerioneida [...], partiendo de un material muy antiguo, en el que ya aparecía la isla oceánica de Eritea, incorporó al mito el ahora denominado Tarteso [...]”. En efecto, si en el mundo griego no llegaron a conocerse ciertas zonas ubicadas en el Extremo Occidente bajo el nombre de Tartessos hasta finales del siglo VII y principios del VI a. C., no podemos exigirle a “Homero” que en lugar de Schería llamase Tartessos a su particular país de los feacios. Aún no ha sido explicado con total convencimiento el significado del topónimo Schería; pero no debería extrañar que, en un momento dado, tuviese alguna relación con el antiguo emporio andaluz.

Un dato que llama fuertemente mi atención es que la palabra “acebuche” en griego es κότινος (kótinos), sustantivo del que deriva, sin lugar a dudas, el topónimo Kotinoussa; es decir, la “[Isla o Tierra] rica en Acebuches”. Así es como se conocía en la Antigüedad a la mayor de las islas que conformaban el originario archipiélago que hoy, con el paso del tiempo, se ha convertido en la península que llamamos Cádiz. Plinio “El Viejo” nos facilita este dato en su Historia Natural (IV, 119-120): “[...] Al comienzo mismo de la Bética y a veinticinco mil pasos de la entrada del Estrecho se halla Gades [...]. Timeo dice que [...los indígenas de la isla...] la solían llamar Cotinusa en su lengua”. Muy interesante, si además tenemos en cuenta que Plinio, a continuación de lo citado, identificaba Cádiz con Tartessos: “[...] nostri Tarteson appellant, Poeni Gadir, ita Punica lingua saepem significante [...]”, es decir, “... los nuestros la llaman Tartessos, los púnicos Gadir, que en lengua púnica significa recinto...” (N.H., IV, 120).

Huelva, Cádiz... costa suroccidental atlántica, el occidente andaluz, el Extremo Occidente... ¿Schería, al fin y al cabo…?

Mapa geográfico confeccionado según los textos de Heródoto.

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Referencias de los autores y las obras citados para la elaboración de este post:
- GONZÁLEZ De CANALES, Fernando. Del Occidente mítico griego a Tarsis-Tarteso. Col. Historia Biblioteca Nueva, Madrid: Biblioteca Nueva, 2004.
- MALUQUER De MOTES, Juan. Tartessos. Barcelona: Destino, 1984 [primera ed., 1970].
- MARCOS, Carmen. “ ‘El hombre de muchos senderos...’ (Odisea, I, 1)”. Sobre la Odisea. Paloma Cabrera y Ricardo Olmos (Coords.), Madrid: Polifemo, 2003 (pp. 45-74).
- ROMÁN RAMÍREZ, Ángel. Introducción a la música en la España antigua y en la Andalucía prerromana. Granada: Centro de Documentación Musical de Andalucía, 2004.
- SCHULTEN, Adolf. Tartessos. Madrid: Espasa-Calpe, 1945.
Textos de Victor BÉRARD en Le Fil de Pénélope (París: La Table d'Emeraude), publicado en 1996.

El texto del post es un extracto de Ángel Román Ramírez: La música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia. Raleigh (North Carolina): Lulu Enterprises, 2009 (pp. 41-44).

ARQUEOLOGÍA GRIEGA: Un pastor de Nagorno Karabaj encuentra un antiguo tesoro griego valorado en 21,5 millones de dólares


Vía: News.AZ | 11 de abril de 2011 (Traducción: G.C.C.)

Un pastor, llamado Andranik, de la región de Kalbajar en Nagorno-Karabaj, se tropezó con un pozo en el que había 112 objetos hechos de metales preciosos: oro, plata y bronce. Inmediatamente, envió fotos de los mismos a un amigo en la ciudad de Erevan solicitándole que las mostrara a los especialistas. Sin embargo, su amigo se dirigió a los cuerpos de seguridad, los cuales llamaron a Andranik para que llevara el hallazgo a Erevan.

Según los expertos, los objetos datan de la época de la antigua Grecia, y probablemente pertenecen a un entierro de dos mujeres. También hay vestidos preciosos, y el coste total del tesoro se estima en 21,5 millones de dólares.

Este entierro se ha convertido en una exposición en el Museo Histórico de Erevan. Según el director del museo, Aneldi Grigoryan, estos hallazgos serán estudiados por especialistas en un mes y medio. El valor y el lugar adecuado para su almacenamiento se definirán sobre la base de sus resultados. Grigoryan cree que "estos tesoros tienen un valor histórico significativo, por lo que deben mantenerse en el Museo Histórico Nacional de Armenia".

El jefe del Departamento de Turismo de Karabaj, Sergey Shahverdyan, ha dicho al Ministerio de Cultura de Armenia que los tesoros hallados deben ser devueltos a Nagorno-Karabaj.

Mientras tanto, Ankdranik, el artífice que encontró los tesoros, tampoco quiere quedarse fuera. Se le ofrecieron 4 millones de drams armenios, pero ello no le hace nada feliz, pues dice que esa cantidad es muy inferior en comparación con el valor de los tesoros.

lunes, 11 de abril de 2011

De la época de Diocleciano (año 287) procede el Breviario de Évora, donde aparece descrito el culto a Adonis (conocido como Adonías), si bien mostrará algunas variaciones con respecto al rito oriental, como puede ocurrir con la celebración de banquetes en honor al dios (José María Blázquez, 1983:50), que no se detalla en el Breviario, o con la creencia en la resurrección de Adonis, la cual tampoco aparece contemplada en el texto hispano (Blázquez, 1983:55). No obstante, el ritual de las Adonías hispalenses va a aparecer idéntico casi en todo los demás: consistiría, según comenta Blázquez, en una procesión llevada a cabo exclusivamente por mujeres descalzas que entonaban “trenos” y danzaban mientras portaban un betilo que representaba la imagen del dios. Como rasgo original del rito practicado en Híspalis (actual Sevilla), sin paralelos en los homólogos orientales, durante la procesión se realizaba una colecta pública.  

Parece ser que la celebración se llevaba a cabo en el mes de julio (Blázquez, id. p. 50), al igual que ocurría en la versión ateniense del rito; y así como más o menos también sucedía en Jerusalén en el siglo VI a. C.: según los datos y las fechas ofrecidos en el libro de Ezequiel, este profeta debió vivir entre finales de la VII y principios de la VI centurias previas a Cristo. En Ez., 8, 1 se dice que cuando aquél contaba con la edad de treinta años, en el mes de junio se le presentó Dios y le llevó a observar los distintos cultos idólatras que se celebraban en la Santa Tierra, entre los cuales se hallaba el de Tammuz (Ez. 8, 14-15):

Y llevóme a la entrada de la puerta del Templo del Señor, que caía al Norte, y vi a unas mujeres que estaban allí sentadas llorando a Tammuz. Y díjome: Tú, ciertamente lo has visto, ¡oh hijo de hombre!; mas si otra vez vuelves a mirar, verás abominaciones peores que ésas.

Posiblemente las “abominaciones” estuviesen referidas a cierta práctica entre aquellas mujeres, en virtud de la cual algunas se prostituían, como ocurría en Biblos (ciudad fenicia) todavía en el siglo II d. C. (Blázquez, ibid., p. 55).

Es también en el mes hebreo Ab (junio-julio) cuando comenzaron a entonarse los trenos que aparecen en las Lamentaciones, costumbre que permanece en las sinagogas hebreas actuales.  

El hecho de que estos rituales precristianos fuesen realizados por un grupo de devotos que procesionaban por las calles transportando a un ídolo al tiempo que se le cantaban trenos o canciones fúnebres, recuerda demasiado al rito cristiano celebrado durante los Santos Días. Aquéllos duraban “quizá una semana” (Blázquez, ibid., p. 51) y eran anuales, pues se cumplían coincidiendo con el ciclo vital vegetativo. El ritual, al igual que ocurriría con otras fiestas originalmente paganas, pudo ser absorbido por la religión que prácticamente acababa de implantarse, adecuándose a los nuevos credos. El culto a Adonis tuvo que ser tan poderoso que el sincretismo alcanzó hasta la gruta donde se llevaba a cabo su rito en Belén, pasando a convertirse en el lugar donde, según la leyenda, nacería Cristo (según J. Mª Blázquez, p. 55). 

Significativamente, en el siglo VI d. C. la Iglesia prohibió un determinado cántico con texto no cristiano que se entonaba con ocasión de celebraciones de funerales en Cádiz, un tipo de cantos fúnebres que en el Medievo serían conocidas como endechas; o sea, composiciones elegíacas de cuatro versos entre cinco y siete sílabas y de rima asonante –según se entienden hoy–. Si nos aventuramos a identificar estas endechas con los cantos fúnebres arcaicos nada habría en ello que pudiera extrañarnos, pues no es difícil imaginar a los devotos entonando estos cánticos “mano a mano”, de igual forma que se hacía en las “competiciones” griegas a las que alude Teócrito.
Probablemente la endecha (palabra de raíz griega muy relacionada con el significado de “lamentación”, pero más aún con la “falta o necesidad de algo o alguien” que se encuentra ausente) pueda tener algo que ver con las Seguiriyas (compuestas de cuartetas heptasilábicas de rima libre en los versos 1 y 3 y de cinco sílabas consonantes, o bien asonantes, en vv. 2 y 4), como en alguna ocasión se ha llegado a proponer: la Seguiriya provendría de un antecesor, la Playera, que no sería otro tipo de canto sino uno fúnebre o triste que originariamente, antes de quedar tergiversado fonéticamente, se llamaría Plañidera (“plañidera” > plañiera > “playera”). La Plañidera provendría, a su vez, de la Endecha.

Por otro lado, resulta también muy significativo que en la época de Al-Andalus perviviese, gracias a la tradición, un tipo de canciones o poemas –de dos, tres o cuatro versos, escritos en lengua romance (derivada del latín)–, que en algunas ocasiones aparecían escritas con la estructura de “cuarteta con aire de seguidilla” (cf. Álvaro Galmés de Fuentes, 1994:129); cancioncillas que conocemos con el nombre de Jarchas y que algunos autores las han considerado “herederas” de la música practicada en Andalucía durante el período romano y tardorromano.

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Referencias:

- José María Blázquez (1983): Primitivas Religiones Ibéricas, II. Madrid: Cristiandad.

- Álvaro Galmés de Fuentes (1994): Las Jarchas mozárabes. Forma y significado. Barcelona: Crítica.

- Ángel Román Ramírez (2009): La Música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia. Raleigh (North Carolina): Lulu Enterprises.

jueves, 7 de abril de 2011

ARQUEOLOGIA GRIEGA: El mecanismo de Antikythera tenía un sorprendente dispositivo de seguimiento del Sol.

Los astrónomos de la Universidad de Washington (Seattle) inspeccionan el modelo de mecanismo de Antikythera de James Evans. Foto: Grossman Lisa.

Vía: WIRED SCIENCE | Lisa Grossman  (Traducción: G.C.C en Terra Antiquae)

La más antigua calculadora astronómica del mundo es famosa por tener intrincados sistemas de ajuste que se adelantan en siglos a su tiempo. Pero un nuevo trabajo muestra que el mecanismo de Antikythera utilizaba la geometría pura, así como curiosos engranajes, para seguir el movimiento de los cuerpos celestes a través de los cielos.

El artefacto, un conjunto de ruedas y dispositivos de 2.000 años de antigüedad, que guarda coincidencias con los relojes del siglo XIX en precisión y complejidad, fue rescatado de un naufragio en la isla griega de Antikythera en 1901.

Foto: Las piezas conservadas del mecanismo original

Llamado el mecanismo de Antikythera, el artefacto mantiene un seguimiento de los días del año, las posiciones del sol y la luna, y, tal vez, las de otros planetas. También predice eclipses, al tiempo que  ofrece un calendario de los Juegos Olímpicos.

La mayoría de los cálculos del mecanismo estaban impulsados por una serie de 37 discos engranados, los cuales se podían manipular con una manivela. El frente del mecanismo tenía una especie de reloj que mostraba la fecha del calendario en dos círculos concéntricos, uno mostraba los signos del zodiaco griego y el otro los meses egipcios del año.

Tres manecillas indicaban la fecha y la posición del sol y la luna moviéndose a través del zodíaco y los meses.

"Es un artilugio con una maquinaria muy elaborada", dijo el historiador de la ciencia James Evans (foto a la izquierda), de la Universidad de Puget Sound en una presentación en la Universidad de Washington, Seattle, el 31 de marzo pasado. "Nadie se imaginó nunca que podría haber algo tan complejo en el siglo II a. C.".

Investigaciones anteriores demostraron que el artefacto también contaba con una sutil rareza en el movimiento de la Luna. Debido a que la órbita de la misma alrededor de la Tierra es una elipse, y no un círculo perfecto, la Luna parece que se acelera y se frena en el transcurso de un mes. En 2006, Tony Freeth, de la Universidad de Cardiff, y sus colegas, mostraron que una configuración inteligente de dos dispositivos (discos) superpuestos, con el eje del de arriba colocado fuera del eje del de abajo, podría obtenerse la marcación de la luna en su velocidad irregular.

Dado que la órbita de la tierra alrededor del Sol es elíptica, el Sol realiza también un viaje similar variable a través del cielo, acelerando y desacelerando a lo largo del año. Pero su efecto es mucho más sutil que el de la Luna.

"Habría sido muy engorroso imitar un efecto tan pequeño con los engranajes", dijo Evans. Además, si había algunos engranajes adicionales relacionados con el movimiento del Sol, en el mecanismo original, ninguno se recuperó del naufragio.

Evans y sus colegas sugieren una manera simple para lograr que en el marcador del sol aparezcan los cambios de velocidad: estirando el zodíaco. Si los espacios disponibles en la rueda delantera del mecanismo eran de diferentes anchos, explica Evans, entonces a la manecilla que representa al Sol le llevaría más tiempo recorrer la parte del año bajo el signo zodiacal de Tauro que si lo hace a través de Libra.

Foto: La reconstrucción de James Evans de la función de las escalas  del zodiaco y calendario egipcio, incluyendo la colocación del eje del mecanismo de la Luna y el eje de rotación de la aguja del Sol

Este retraso permitiría que se observase al Sol como moviéndose más despacio en algunas épocas del año, y más rápido en otros, a pesar de que los engranajes los moviera la mano a una velocidad constante.

Para comprobar esta idea los investigadores examinaron el mecanismo de Antikythera a través de rayos-X, dado que algunas de sus partes estaban muy corroídas. En un documento del año pasado, publicado en Journal for the History of Astronomy (que co-edita Evans), el equipo analizó 69 grados del círculo que se había conservado bastante bien para los nombres del zodíaco y las marcaciones para ser leídas. Desde entonces, el equipo ha extendido el estudio a 88 grados del círculo.

Ellos encontraron que los dos círculos que representan el zodíaco y el calendario egipcio estaban divididos de modo diferente, y en la manera correcta para tener en cuenta la velocidad irregular del Sol.

Foto: Un círculo no uniformemente dividido como el que puede haber sido representado el zodíaco.

"Tenía más sentido hacerlo de esta manera que tratar de utilizar una elaborada rueda encima de otra rueda de cualquier tipo, tal como hicieron con la órbita lunar", dijo Evans.

En su discurso en Seattle, Evans mostró una reconstrucción en bronce y madera del mecanismo de Antikythera (que se muestra en la parte superior) el cual incluye el zodiaco ya estirado, así como las ruedas que representan a Mercurio, Venus, Marte, Júpiter y Saturno. Los engranajes planetarios son objeto de controversia, advirtió, y no todos los expertos en el mecanismo de Antikythera están de acuerdo con su modelo del zodíaco. No obstante, Evans está confíado.

"En nuestra reconstrucción sobre la forma de articular la anomalía solar creo que Ud. puede apostar sus ahorros de jubilación, o un 5 % de los mismos", adujo.

El mecanismo probablemente no habría sido una forma práctica de llevar un registro del paso del tiempo, agregó. Cada vez que él mueve su modelo para hacer las demostraciones, los engranajes cambian en su conjunto y le lleva una hora conseguir que funcione de nuevo. Más bien, dijo, la máquina estaba destinada a ser motivo de admiración.

"Es de suponer que debía ser un artefacto para impresionar, para instruir", dijo, "en lugar de ser, de un día para otro, un dispositivo práctico de cálculo".

Foto: El modelo mecánico del engranaje solar propuesto   y el cuello cilíndrico al que va unido el puntero solar.

Documento (en PDF):
JAMES EVANS, University of Puget Sound,
CHRISTIÁN C. CARMAN, Universidad Nacional de Quilmes/CONICET, and
ALAN S. THORNDIKE, University of Puget Sound

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martes, 5 de abril de 2011

ARQUEOLOGÍA PRERROMANA EN LA PENÍNSULA IBÉRICA: Los instrumentos de cuerda en Tartessos y Turdetania.

Por Ángel Román en Terra Antiquae.
[...] Son varios tipos de instrumentos de cuerda los que nos ha revelado la Arqueología en referencia a la organología ibérica. Mediante un ejercicio de musicología comparada el número aumentará si presumimos que las comunidades de colonos [fenicios, griegos, cartagineses] trajeron hasta aquí su propio instrumentario, aunque en un 90% de los casos no sea posible constatarlo con hallazgos materiales.
Entre los cordófonos que pudieron tener una destacada presencia en la zona sur-occidental de la Península Ibérica –siglos VIII al II a. C.– se encuentran liras del tipo phórminx (en algunos casos anteriores a la definitiva llegada de fenicios y griegos) junto a las de la modalidad cítara (dentro ya del período orientalizante). Y de un modo indirecto también se podría hablar de las liras del tipo kinnor o del tipo nebel [antigua Palestina]; por último, y no por ello menos importante, debe destacarse la indudable presencia de las arpas: los testimonios documentales nos llevan al Medievo, pero me da la impresión de que en Turdetania, y en toda la Andalucía prerromana en general, debieron conocerlas muchísimo tiempo antes.
Para la protohistoria española no existe indicio alguno, sea material, documental o de fuentes indirectas, que ofrezca la posibilidad de pensar en cuerda frotada, bien con mástil (a la manera del rabel medieval), bien sin él; o de cuerda punteada con mástil (del tipo laúd). Por el contrario, todos ellos presentan la especie de cordófono punteado y sin mástil, caracterizándose por poseer un número –especulativo– de cuerdas (entre 2 y, quizá, 8 ó 9) y porque se tañían, ya con los propios dedos, ya con la ayuda de un plectro o púa.

Φόρμιγξ (phórminx) es una palabra griega (castellanizada como “forminge”) empleada para designar a un tipo de lira que poseía entre tres y cinco cuerdas, con forma de D, brazos paralelos y la caja de resonancia redondeada por la base. Es el modelo de lira que usó el cantor épico griego durante el siglo VIII a. C. (cf. Ilíada y Odisea), cuya procedencia parece establecerse en el Próximo Oriente (M. L. West, 1992:50 y ss.), con la diferencia de que las liras palestinas poseían asimetría en los brazos, con la caja de resonancia de base cuadrada. Las características de la phórminx presentan una mayor sencillez que sus antecesoras cretomicénicas y que su heredera, la cítara –que hará acto de presencia en Grecia a partir del siglo VII a. C–. “Homero”, de hecho, no nombra la “cítara” en sus poemas, como ya comenté en la Introducción... (A. Román, 2004:38-39), sino a la phórminx; aunque sí utiliza un verbo, kitharízo (que en “Homero” debe traducirse como “tañer cualquier instrumento de cuerda”, y no “tañer exclusivamente la cítara”), que Martin L. West considera un préstamo lingüístico de un idioma no griego cuyo origen se desconoce (1992: 50-51, nota nº 5) pero que debió tener una indudable relación con alguna lengua de origen pre-griego o tal vez semita (vgr. kuthara en Chipre, según Joaquim Braun, NG 3, 2001a:526).
El ejemplo que con más probabilidad puede poseer un origen tartésico-turdetano es la forminge de Zarza Capilla (Badajoz), así como la hallada en otra estela extremeña en Herrera del Duque.

Siguiendo este enlace, encontramos una interesantísima página sobre estas liras.

También es de especial relevancia el vaso hallado en El Cigarralejo (Mula, Murcia) donde aparece, junto a un aulista, un tañedor de lira con el rostro cubierto con una máscara (posiblemente por motivos rituales).


Por supuesto, es inquietante la controvertida lira que fue grabada en la famosa Estela de Valpalmas, en Luna (Zaragoza) pues, si bien dicha estela fue encontrada en un lugar tan alejado de la zona de influencia tartésica, el estilo, en cambio, es exactamente el mismo al de otras estelas grabadas en el sur-sudoeste peninsular, datables entre los siglos IX y VIII previos a Cristo.

Por otro lado, es indudable que tras la llegada de fenicios y griegos a la Península se asumieran muchas de sus costumbres, incluyendo, por supuesto, las musicales. La presencia de instrumentario oriental de todo tipo y especie en Iberia es innegable en relación a los cordófonos, los aerófonos y la percusión. Y tampoco parece haber dudas en cuanto a que

[...] en la Península Ibérica está atestiguada ya desde el Bronce Final la existencia de cánticos, campo en el que se percibe un evidente influjo oriental, a juzgar por el origen de los instrumentos documentados, influjo oriental comparable al que ofrecen el desarrollo de la música en Grecia y en Etruria [...],

como destaca Martín Almagro-Gorbea (2005) de acuerdo con S. Montero, entre otros investigadores (B. Aign, 1963; M. Wegner, 1968; E. Akurgal, 1969).
El testimonio arqueológico más evidente en lo que se refiere a los cordófonos “importados” del sur peninsular data de fechas comprendidas entre los siglos V al I a. C. A menos que aceptemos la influencia orientalizante en las estelas del sur occidental de la Península (algo que aún no encuentra consenso), poco o nada se puede decir de épocas anteriores.
Escasos son también los restos, a menos que atendamos a unas pequeñas liras fabricadas con alambre que adornan un pendiente de Cádiz, seguramente pre-púnicas, o la también pareja de liras de Urso (Osuna, Sevilla), puestas en relieve en una pieza arquitectónica de fechas pertenecientes ya al período republicano romano.

Contemporáneo a la República es un cuenco de plata del siglo II a. C., hallado en Santisteban del Puerto (Jaén) y conservado en el Museo Arqueológico nacional, que sirve de indudable apoyo a esta investigación.

Se trata de la llamada pátera umbilicata, de unos 17 cm. de diámetro, bien estudiada por Ricardo Olmos [1]. Él interpreta “un simbolismo funerario” para esta pieza, que “pudo servir para realizar el ritual de un destacado personaje ibérico” (cit. en L. Abad y M. Bendala, 1999:150). En el centro aparece el umbilicus, caracterizado por una cabeza de lobo que parece engullir a un hombre. Alrededor del umbilicus y decorando todo el perímetro de la pátera se observa una serie de 9 centauros masculinos y femeninos tocando instrumentos musicales o bien portando bandejas con fruta. Entre todos ellos puede distinguirse a uno, presumiblemente masculino, que tañe un enorme cordófono en proporción al tamaño de su cuerpo. El músico parece estar pulsando las cuerdas con plectro. Ambos rasgos llevan a pensar que probablemente se trate de una cítara –así lo interpretan Olmos (1982) y Blázquez (1983:169-70); véase también A. Román (2004:49)–, de influencia griega.

No existe testimonio alguno en Turdetania que haga referencia a presencia de instrumentos como la kinnor o el nebel, los dos cordófonos semitas por excelencia. Ni siquiera los podemos “presuponer” partiendo de la iconografía medieval: la kinnor, por tratarse de una lira y no de un arpa, nada tiene que ver con las representadas en los códices alfonsinos, las cuales quizá estén más relacionadas con modelos europeos, concretamente británicos, en opinión de Rosario Álvarez (Rev. Mus., 1987:69-71). Poseen 12 cuerdas, como aquélla, pero son pulsadas con los dedos, mientras que la kinnor debía tocarse, “reglamentariamente”, con plectro, según Flavio Josefo en Ant. Iud., VII, 12, 3 (cit. en J. Braun, NG 3, 2001a:527; también U. Michels, 1998:163).

Otra diferencia fundamental es que la caja de resonancia de las arpas españolas es abultada y tanto la columna como el clavijero aparecen curvados (Álvarez, 1981a:282) y arrimados verticalmente al cuerpo del arpista.

De los distintos tipos de arpa utilizados en el medievo español dice la prestigiosa musicóloga [2] que se puede llegar a distinguir tres: dos de ellas en los códices de Alfonso X, mostradas en el Libro de Ajedrez, Dados e Tablas, y otra en la Cantiga nº 380 (cód. b.I.2), también recopilada por “El Sabio”. En esta miniatura concretamente observamos una pareja de arpistas con los instrumentos descritos. Tienen, por cierto, todas las características de lo que Curt Sachs [3] denominaría “arpa románica”, modelo que será muy utilizado en España en los siglos XIV y XV. Esta cronología indica que la miniatura de la Cantiga 380 muestra un instrumento único, adelantado para su época, dado que los códices alfonsinos datan del siglo XIII: podríamos calificarlo incluso de anacrónico, ya que no aparece ninguna otra representación de un cordófono semejante en las demás miniaturas de los códices escurialenses. Tal anacronismo podría explicarse si estas arpas angulares tuviesen un antecesor en Oriente. El propio Sachs (1940:84) destaca la presencia de un tipo de arpa muy parecido a las descritas, la sabbekha, mencionada en el libro de Daniel. Etimológicamente la palabra denota procedencia fenicia (Braun, NG 3, p. 532), si bien parece un préstamo lingüístico de otro término de origen griego: sambukē. A juicio de Braun, la opinión de Sachs acerca de la procedencia semita de la sabbekha se encuentra muy bien fundada, ya que existen evidencias escritas “de un tipo de arpa de origen fenicio en la antigua Palestina” (Braun, id) que, según las fuentes, eran de uso común entre las prostitutas.

En lo que respecta al psaltyrion –también conservado en la iconografía medieval–, no ha de ser identificado con el nebel, aunque sí cabe compararlo con el qanum egipcio (el latinizado “canon”); incluso habría que plantearse si fueron la misma cosa en un primer momento, o se influyeron mutuamente. Este hecho se observa, por ejemplo, en la miniatura de la Cantiga 80 de Alfonso X, donde apenas se aprecian diferencias entre ambos.

En definitiva, de las antiguas Andalucía y Extremadura proceden restos arqueológicos que demuestran presencia de cordófonos desde muy antiguo, posiblemente desde un tiempo anterior al llamado orientalizante. Esta circunstancia da pie a pensar que dichos vestigios representan una práctica musical autóctona [4] que debió tener alguna similitud con la de los aedos y rapsodas mediterráneos y centroeuropeos. Si hacemos caso a Estrabón (III, 1, 6), esta práctica musical es plausible, ya que no es difícil imaginar aquellos “poemas” e “historias” tan antiguas cantadas a la manera, por ejemplo, del cantor épico griego. Si la hipótesis que yo he planteado, sobre la posibilidad de que en los textos homéricos se describe a Tartessos, es correcta, aquella práctica musical quedaría atestiguada definitivamente. Y, de otra parte, este hecho quedaría también consolidado algunas centurias más tarde con la llegada a tierras extremeñas de algunos pueblos de origen celta, pueblos que poseían a su vez una larga tradición de “poetas cantores”, como lo demuestra la presencia de un gremio de músicos rapsodas, los bardos belgas que menciona también Estrabón (IV, 4, 4).
Los cordófonos de influencia orientalizante no se testimonian en los restos protohistóricos, sino hasta la centuria tercera previa a Cristo, según lo dicho. No obstante, si realizásemos un atrevido ejercicio de musicología comparada buscando los más que posibles orígenes mediterráneos a determinados instrumentos medievales, empezaríamos a sugerir las primeras respuestas a cuestiones de la música ibérica protohistórica tan complejas como, por ejemplo, los tipos de sonoridades que podrían haberse empleado o las puestas en escena y las situaciones o contextos en que aquella música tuvo lugar. Sería un primer paso, siempre que esta música ibérica protohistórica se plantee en conexión con el Mediterráneo; ya que hablar stricto sensu de “sonoridades indígenas” en un tiempo anterior a las colonizaciones es del todo imposible.   



[1]  Ricardo Olmos: “La pátera de Santisteban del Puerto (Jaén)”.  Estudios de Iconografía, 1 (Madrid, 1982).
[2] Rosario Álvarez es experta, entre otras muchas cosas, en iconografía musical medieval. De hecho, su Tesis Doctoral de 1981 trató precisamente de Los instrumentos musicales en la plástica española durante la Edad Media: los cordófonos, en 2 vols.
[3] Curt Sachs:  The History... (op. cit.),  p. 253.
[4] De hecho, hay constancia arqueológica de una práctica similar en determinados contextos ibéricos, tal y como se ve en Ángel Román, La Música en Tartessos..., cap. II: Los bardos iberos y sus ‘rapsodias’ (pp. 150 y ss.).


Texto extraído de Ángel Román Ramírez: La Música en Tartessos y en los pueblos prerromanos de Iberia (Raleigh, North Carolina: Lulu Enterprises, 2009), pp. 124 y sigs.